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Escudo de Colombia y texto de la Unidad para las Víctimas

El retorno de los emberas a su cosmovisión

Por: Erick González G.

A las 9:40 de la noche del 21 de diciembre se firmaron las últimas actas de voluntariedad que consignan el deseo de más de 200 emberas para retornar a su territorio ancestral en Alto Andágueda, en el Chocó.

Esa firma es como la boleta de salida, para el alma de un pueblo, de la reclusión que para ellos significa vivir en unas moles de ladrillo y cemento al que le llaman albergue, y que paradójicamente tiene como nombre El Parque La Florida, ya que ni es parque ni es florido, nada más lejano al esparcimiento.

Llegaron allí por culpa de esa violencia armada e ilegal que ha convertido a Colombia en una gran sala de urgencias, y que hace poco tiempo puso en cuidados intensivos a su territorio, y que los obligó a desplazarse forzadamente hasta Bogotá en busca de puertas abiertas para construir otra biografía, ajena a su cosmovisión.

Pero la capital tiene por costumbre cerrarse con candado a la mayoría de los indígenas víctimas del conflicto.

Hombres, mujeres y niños perdidos por más de un año en las fauces de la capital, sobrevivieron a punta del único legado que su pueblo puede comerciar en las esquinas de Bogotá: las chaquiras.

Sobrevivieron gracias a la valentía de las mujeres embera que todos los días desafiaron la indiferencia e inseguridad bogotanas.

No es el caso de Claudia Queragama, de 27 años, del Alto Andágueda, quien hace cuatro años tuvo que desplazarse por amenazas contra su vida. “Me vine con mi padre y mis dos hijos, y en este tiempo trabajé con la Secretaría de Educación Distrital, con los niños emberas chamí y katío, para que no se vayan a olvidar su cultura y cosmovisión”.

A las 9:50 de la noche del solsticio de invierno inicia el retorno de más de 80 familias a su hábitat natural y espiritual.

Siete buses, cada uno con dos conductores, prenden los motores y las ilusiones. Atrás, como un pueblo espectral, que podría servir para ambientar una serie se terror, se pierde en la oscuridad El Parque La Florida, situado en el costado perimetral del occidente de Bogotá.

En los buses comenzó a reinar un silencio solo traicionado con una que otra tos infantil hasta que el conductor elegido para el primer turno al volante prende la radio para mantenerse despierto, un particular energizante, nada light, de reguetón, norteña y popular transforman el bus en una especie de bar rodante, a 50 km/h, con 40 puestos, que en el caso del bus número siete, brillan como si tuvieran pecas verdes por la luz negra, mortecina, que impera en la cabina.

Los kilómetros de distancia al Alto Andágueda se comienzan a remontar en compañía de Karol G, que algún niño corea, el ininteligible Bad Bunny, que nadie puede corear, Freid, Pitbull y los populares Alzate, Rivera, Paz, Uribe y los Tigres del Norte.

Luego de la Vía Funza-Mosquera-, Mondoñedo y el primer peaje, en Chuzacá, cerca a las 11:00 p.m., los buses comienzan a serpentear con destino al resguardo Gito Dokabú, en inmediaciones al municipio de Pueblo Rico.

El refrigerio nocturno le da las buenas noches a cada embera que probablemente en meses o en años no dormía con la tranquilidad que produce un reencuentro.

Los conductores secundarios también bajan la guardia y se internan, como si fueran a hibernar, en el camarote secreto que cada bus tiene en su parte trasera, hasta el momento de cambiar la guardia en la mañana.

La noche transcurre con normalidad. Entre la medianoche y las 4:00 a.m., alguna tos, algún estornudo y un par de lloriqueos fugaces se mezclan con el reguetón y la norteña que por instantes pierden hegemonía con el merengue del Grupo Bananas y la salsa de Frankie Ruíz, del grupo Niche y del Joe Arroyo, que escucha el conductor en un DVD.

A las 4:30 a.m. se cruza el Alto de la Línea, la única geografía con neblina en el trayecto. Allí comienza el descenso, un slalom gigante y vertiginoso, hasta donde permite la prudencia, en medio de camiones y tractomulas que pernoctan al lado derecho de la vía y de una especie de ciclorruta, al costado izquierdo, que en contravía permite el ascenso de los carros de quienes viven en el sector.

Hacia las 6:00 a.m. se da el cambio de guardia.

A las seis y treinta desayunan los viajeros. Esta vez, quedaron alertas. ¿Por dónde vamos? Es la pregunta que dominó el trayecto restante.

A las 10:30 a.m. los buses arriban a Gito Dokabú.

Alrededor de 50 personas de la comunidad embera los esperaban.

Algunos llevaban meses; otros, un par de años en Bogotá.

El afán por bajar de los buses, reunirse con su familia y pisar tierra ancestral se percibe, así los emberas katíos, chamí y dóbida no sean tan expresivos.

Los esperaban también el transporte mular para los traslados de sus enseres, los kits de habitabilidad y apoyos económicos para su sostenibilidad.

Varias horas pasan hasta que la última persona retornada, incluida en el Registro Único de Víctimas, recibe estás ayudas.

Ya pueden sentirse en su ecosistema, quizá, la única forma real de saberse, de sentirse y pensarse en armonía, en equilibrio y en unidad, la verdadera forma de seguir defendiendo su territorio.

(Fin/EGG/CMC)