María Alejandra
Garzón (Huila)

Por Erick González G.

Nació en Garzón (Huila), en 1996, un 20 de febrero, bajo un signo astral que le auguraba las virtudes de la paciencia, la tranquilidad y la amabilidad, con la capacidad de mimetizarse según las circunstancias; también le vaticinaba un cariz filantrópico y una pasión por el derecho, la arquitectura, el arte, los viajes y marcar tarjeta de ocho a cinco en una organización sin ánimo de lucro. La ficha técnica de su vida.

Desde muy pequeña tuvo que corroborar esa ficha o, para ser más exactos, debió corroborarse a sí misma. La primera característica en manifestarse, cuando no se sospecha la personalidad y menos la profesión, es viajar, generalmente por decisión de otros. Siendo muy niña su familia se trasladó a El Agrado, municipio con el alias de el Oasis de Paz, que no obstante su mote da cuenta de 391 personas afectadas por el conflicto en el Registro Único de Víctimas (RUV), el cuarto municipio menos afectado por el conflicto después de Paicol (198), Yaguara (208) y Elías (213).

El desagrado lo sintió cuando su padre consiguió trabajo en otro municipio. “Él era odontólogo y le salió trabajo en el hospital de La Argentina, y una de sus premisas era que adonde estuviera trabajando, nosotros teníamos que ir con él, porque la unidad familiar era lo más importante que teníamos”, cuenta María Alejandra Barrera.

En realidad, el descontento estaba embadurnado de temor por las violentas crónicas que habían astillado la paz de la región. “Tenía miedo de vivir ahí porque años antes habían asesinado a un cura, hecho que marcó al departamento”, recuerda.

Las 2.618 vidas afectadas por la violencia en La Argentina según el RUV, es decir, casi siete veces más que en El Agrado, pueden testimoniar que la sensación de María Alejandra no era infundada. Es más, a los dos días de mudarse pusieron un artefacto explosivo en la alcaldía, por lo que el temor de María Alejandra fue creciendo de a puñados, y así empezó “a vivir el conflicto armado más fuerte y a sentir cómo era que las personas vivían la guerra en este país”.

Los problemas tuvieron como objetivo a su familia desde que a su padre lo nombraron director del hospital, donde al parecer más que tratar pacientes se diagnosticaba el mal de la región. “El tema en contra de la misión médica siempre fue tenaz, siempre estuvo amenazada. Más tarde nos enteramos de que había funcionarios del hospital y enfermeras que eran de las Farc, incluso un médico salió amenazado de allá.

A los 13 años, las circunstancias obligarían a María Alejandra a chulear la tranquilidad y la adaptabilidad en la ficha técnica de su vida. El viernes 15 de abril de 2011, su padre llegó a eso de las siete de la noche a la casa, donde los esperaba toda su familia, cuando una persona, vestida como un campesino, con labio leporino, golpeó la puerta. “Mis hermanos abrieron y yo salí a explicarle a esa persona que papá no atendía temas laborales en la casa, pero me dijo que era para la firma de una autorización de una cirugía, así que le dije a mi papá que lo atendiera; él salió y me fui para la habitación; uno de mis hermanos se quedó en la sala, y fue cuando escuchamos dos disparos. Mi papá murió instantáneamente”.

El asesino huyó corriendo. El levantamiento del cuerpo concluyó a las 3:00 a.m. Fueron ocho horas en cámara lenta, traumáticas, con el cuerpo ensangrentado e inerte de quien fuera la cabeza de la familia a la entrada de la casa, que lamentablemente forma parte de los 263 homicidios que, por el conflicto armado, La Argentina tiene en el RUV.

A su corta edad, María Alejandra se encargó de los trámites del levantamiento y del funeral. Su madre y sus dos hermanos estaban muy devastados como para asumir esa labor.

Luego de las exequias, la bitácora de la supervivencia apuntó de nuevo hacia Garzón, ya que regresar a El Agrado se descartó por incompatibilidad de recuerdos.

La madre de María Alejandra, que se dedicaba a la confección, supo en ese momento que la subsistencia de ella y de sus tres hijos dependía de un hilo. “La decisión de mi madre de trabajar con su máquina de coser y rechazar un trabajo con horario de oficina con ingresos fijos fue en cierta medida criticado, pero ella rechazó esa oferta para estar pendiente de nosotros y tener una mejor calidad de vida; además, porque en el colegio nos daban crisis y salíamos para la casa a tener su apoyo, que era lo que realmente necesitábamos en ese momento”.

El apoyo materno no se reducía al sana que sana colita de rana emocional, fue mucho más profundo: “Mi mamá fue el eje en nuestra propia sanación como familia y en nuestra construcción de paz como personas, a pesar de lo que nos había sucedido. Siempre nos inculcaba que no debíamos quedarnos estancados por lo que nos había pasado, que no debíamos quedarnos en el rencor: primero, porque no era sano, y eso iba a prolongar la violencia en usted; segundo, también en el tema espiritual, siempre nos inculcó que debíamos ser mejores personas”.

Esos consejos y el tiempo hicieron que se despidiera de las heridas infligidas por el conflicto. María Alejandra pudo desfilar, galana, su birrete, pero debió esperar un año para ingresar al alma máter a estudiar Derecho en Bogotá, adonde se trasladó con el objetivo de “explorar otras formas de pensamiento”. De esta manera también chuleó la paciencia en la ficha técnica de su vida.

“Considero que la mejor medida de reparación que tiene la Ley de Víctimas es el tema educativo: hoy soy abogada gracias al Fondo de Reparación para el Acceso, Permanencia y Graduación en Educación de la Unidad para las Víctimas, porque a ti te pueden dar un dinero y lo inviertes, pero no se ve reflejado en tu futuro, mientras que si se aplica la reparación en estudio, toda la vida vas a tener un título, puedes encontrar un mejor empleo y mejorar la calidad de vida tuya y la de tu familia. Y la Estrategia de Acompañamiento también fue importante, la Unidad siempre estuvo presente cuando se presentaron algunos inconvenientes con la Universidad”.

Mientras se atiborraba de principios y normas jurídicas, en el 2017 participó en el One Young World, la cumbre más importante de jóvenes del mundo, donde con algunos delegados de Colombia formó el grupo Lidera el Cambio, una organización que busca inspirar, potenciar y conectar a jóvenes líderes en Colombia en torno al desarrollo sostenible y con la cual ya ha organizado otras dos cumbres similares.

Luego de despojar códigos y tratados consiguió trabajo en una fundación cuya misionalidad es la construcción de paz y mitigar la pobreza. “Desde siempre me han encantado los temas sociales, y después de lo que nos sucedió en La Argentina siempre he querido trabajar en pro de la paz. Desde mi rol de mujer, he construido paz a través de mi testimonio, a través de mi perdón, porque como víctima del conflicto fui capaz de perdonar a mis victimarios, creo que eso es la mejor forma de contribuir a la paz”.

Ante estas evidencias, el Derecho, la filantropía, las ocho horas laborales en una entidad sin ánimo de lucro también las puede chulear en la ficha técnica de su existencia. Su siguiente escala a mitad de año es el país de los koalas para estudiar inglés. El puerto final de sus sueños es trabajar con Naciones Unidas. Ni a su madre ni a sus hermanos los merodea el pasado. Uno de ellos está finalizando bachillerato y el otro ya está en la Universidad.

Al parecer le quedarían asignaturas pendientes en la escuela de la vida: la arquitectura y el arte. De la primera quizá se conforme con las construcciones religiosas de su pueblo natal; de la segunda, entender que la felicidad la determina el estado mental y emocional del ser, y vivir acorde a esa enseñanza –en estos tiempos de abusos, ajetreo y turba–, ya es todo un arte.