Benjamín Arboleda Chaverra
Agosto 30 2022 - Turbó - Antioquia

Benjamín Arboleda Chaverra, 06 de junio de 1954-20 de diciembre de 1996, dice la lápida de este “padre amoroso”, dirigente político de la Unión Patriótica (UP), desaparecido por el Bloque Élmer Cárdenas. En el mármol, abajo a la izquierda, también hay cincelada una vela prendida. Esa soy yo. Sí, la vela, con la llama, ardo luego existo, símbolo de fe y oración para sus familiares desde el día de su desaparición, biografía que ahora espero alumbrar.  

Benjamín yace aquí porque en esa mañana del día antes del solsticio de invierno por el río Atrato, fecundo de secretos y transformado por la violencia en el mitológico río Aqueronte, que conducía los difuntos al inframundo, llegaron al municipio chocoano de Riosucio cinco embarcaciones paramilitares.  

La instantánea evoca cerca de 150 hombres de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), dirigidos por el mismo Élmer Cárdenas, con atuendos y armamento de uso exclusivo de la Fuerza Pública que pusieron al pueblo en suspenso: violentaron calles, viviendas y su orgullo, convencidos de seguir el rastro de hipotéticos guerrilleros.  

Requisaron el poblado por varias horas. Sin una salida de emergencia para ese terror, transidos de dolor los riosuceños vieron cómo se llevaron a José Lisneo Asprilla Murillo, agricultor, que acusaban de tener deudas con el exguerrillero y paramilitar “el Alacrán”; Edinson Rivas Cuesta, un temporal profesor municipal; al bachiller Francisco Armando Martínez y al menor de edad Robinson Córdoba Moya. 

Claro, también a Benjamín. 

Ese día, su hija Sandra Arboleda y su familia, que vivían en Riogrande, me prendieron por primera vez. Si este hecho era el anverso, obviamente había un reverso. Irradiemos más sobre ello.

Su fama de gran orador le precedía, quizá no tal vez a la manera de un Emilio Castelar en la España del siglo XIX, ni del colombiano Jorge Eliécer Gaitán, presidente el primero y aspirante el segundo, pero en sus palabras tenía la fuerza para movilizar mucha gente. “Lograba el acercamiento de las personas; era un líder innato, un autodidacta porque nunca se formó”, ha dicho Sandra de él. 

Ese poder de convicción permitió que fuera alcalde de Chigorodó. Al finalizar sus funciones, los homicidios de sus compañeros y la delicada situación de violencia empujaron a Benjamín a desestimar un puesto en la Alcaldía de Turbo por el de alcalde encargado de Riosucio. Su mujer, Rode, quien trabajaba en una finca bananera y que fungía como tesorera del partido en la zona, le aconsejó varias veces que desistiera de ese propósito. Parafraseando a un cronista de talla mundial, su negativa encendió la mecha y él, de forma atrevida, no se quiso alejar del explosivo,  

Alguien del grupo paramilitar que estimaba a su esposa, porque crecieron juntos, le advirtió a ella que Benjamín estaba en la lista negra y era el primero de esa check list, aunque él ya lo intuía.  

“Lo que pasa es que en ese tiempo se dio el exterminio de la UP por parte de los paramilitares que estaban diseñados de una u otra manera para aniquilar a ese partido político; mi papá era de los últimos de la región, porque ya todos habían sido asesinados”, ha recordado Sandra.  

Su destino fúnebre fue una paradoja, puesto que se incorporó a la UP un año después del divorcio entre las Farc-EP y ese movimiento político, en 1987, debido a que el Acuerdo de Paz entre ese grupo guerrillero y el Gobierno de Belisario Betancur fue inducido a estado de coma durante el mandato de Virgilio Barco.  

En Urabá, la UP se unió a los campesinos para rechazar los intereses excesivos de la Caja Agraria y respaldar los derechos a libre asociación sindicalista de los trabajadores bananeros, a un salario decente y vivienda digna, reza el libro “Todo pasó frente a nuestros ojos. Genocidio de la Unión Patriótica”, del Centro Nacional de Memoria Histórica. 

El Urabá fue el último baluarte exitoso del proyecto político electoral de la UP en ser aniquilado: sus exequias comenzaron con el nacimiento de las ACCU, en 1995, y su incursión en la zona bananera, lo que para el libro precitado es el acta bautismal de “la segunda generación paramilitar en Colombia, guiada por un nuevo horizonte estratégico que la convirtió —en la segunda mitad de la década de los 90— en una fuerza con una brutal dinámica expansiva, con pretensiones de control territorial y con proyección política”. 

Iluminemos un poco más al respecto. El pasado mes de marzo, el informe conjunto de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad sobre el exterminio de los militantes de la Unión Patriótica arrojó 8.300 víctimas, de las cuales 5.733 fueron asesinadas o desaparecidas. Las demás padecieron la tortura, el abuso sexual y el exilio.   

Fueron dos años de holocausto. Quiso la fatalidad que por ese recrudecimiento criminal desaparecieran a Benjamín ese 20 de diciembre de 1996, cuando, repito, me encendieron por primera vez, para mantener en vela el coraje y la fe, como diría el gran poeta francés René Char.

“Muchachos, los paramilitares se llevaron a su papá”, fue la frase de Rode que prendió mi pabilo.    

En ese instante, su recuerdo quedó embalsamado en las fotos.  

La pesquisa de Rode 

Benjamín yace aquí, también, porque a los tres días iniciaron su búsqueda en espera de su “resurrección”. Si sabían su paradero, si sabían por dónde se lo llevaron, si sabían cómo habían sucedido los hechos, eran los interrogantes que Rode formulaba a los paramilitares, pero siempre se estrellaba contra el mutismo. 

Ella decidió tomar rumbo a Riosucio. La lancha en que viajaba fue retenida por guerrilleros. Las consabidas preguntas: ¿para dónde iban? y ¿para qué iban?... “Para averiguar qué había pasado con el alcalde”, respondió su mamá, y no la molestaron más. 

En Riosucio solo halló silencio. Una llamada de su hijo mayor, Benny, le anunció esperanzas en Acandí. Regresó a Riogrande para salir hacia esa luz, pero el eclipse siguió. 

En enero de 1997, Bobby, hermano de Sandra, con solo 15 años viajó a Riosucio a indagar. En el trayecto fue retenido durante unas horas por un grupo paramilitar, comandado por Julio César Arce Graciano, alias “el Alacrán” o “ZC”. Ya en el municipio, la Policía requisó la habitación donde se hospedó Bobby al mejor estilo del “solo negocios, nada personal”.  

En Urabá, en tiempos de violencia, cuando el chisme suena, tristezas lleva. Bobby, aparte de las pertenencias de su padre encontró rumores que lo describían a las seis de la mañana, amarrado, casi desnudo, en calzoncillos, paseado por el pueblo a modo de trofeo y un destino: al parecer se lo habían llevado a Santa María la Nueva del Darién, corregimiento de Unguía.  

Allá lo buscaron y no lo encontraron. Con temor seguían averiguando. Era una época en que la gente debía estar en su casa a las seis de la tarde y con las luces apagadas.  

Más oscuro era el paradero de su padre. Desconocían que había sido delatado por José Lisneo Asprilla, quien confesó a “el Alacrán”, para escapar de la muerte, que Benjamín estaba en el baño de la antigua alcaldía, según él mismo contó en versión libre en el 2010.    

A los pocos días, el bachiller Francisco Armando Martínez Mena regresó por sus propios medios a Riosucio y por temor se desplazó a Cartagena. Tiempo después el menor Robinson Córdoba, de 16 años, fue visto por su mamá, armado y patrullando en las calles de Riosucio con miembros de las Autodefensas.    

En junio del 97, los paramilitares se asomaron a la finca bananera en la que trabajaba Rode porque sabían que allí había simpatizantes de la UP. Amenazaron con desaparecerlos si no se esfumaban antes de su regreso. Y para despejar su incredulidad, ese día asesinaron a dos trabajadores delante de todos. No permitieron que movieran los cuerpos y obligaron a los campesinos a continuar con sus quehaceres, así tuvieran que saltar sobre sus cadáveres para ello. 

Para evitar ese gatillo, Rode le apostó al desarraigo. Se enrumbó solo con Sandra hacia Bogotá. Los demás hijos permanecieron con el mayor, que ya había formado su propia familia. 

Acostumbrarse a la capital y sus penurias no fue fácil: “No solo afrontábamos la desaparición forzada, el desplazamiento, la desintegración de la familia, la indiferencia, sino que, además, nos tocó sentir el racismo”, ha dicho Sandra. Sumen a ello la impotencia, la rabia, la tristeza, la pobreza, y todo ello al clima o mejor en frío, porque nadie calienta para un desplazamiento. 

Las esperanzas de encontrar a Benjamín se momificaron.    

La investigación de Sandra  

Estos 25 años de búsqueda comprenden sus efemérides familiares: para diciembre del 97, Rode se trajo a su hijos Bobby y Billy —Benny permaneció en el Urabá—; además, trabajó por 17 años en un restaurante, que era su proyecto productivo hasta que se atravesó la pandemia; Sandra terminó el bachillerato a los 17 años en el 2003; se graduó en licenciatura de Ciencias Sociales en la Universidad Distrital en el 2014, donde aprendió qué era la Unión Patriótica e inició el proceso de reconocimiento de este movimiento político, su significado, su exterminio. 

Allí pudo “comprender que los hechos familiares se vinculaban a la historia de mi país y región; poco a poco, semestre tras semestre, fui adquiriendo nuevos conocimientos que me daban herramientas para exigir la verdad, la justicia y la reparación y, más que reparación económica, era el limpiar el buen nombre de mi padre, ya que en el imaginario de la sociedad colombiana los líderes, dirigentes y simpatizantes de la UP son guerrilleros”, escribió en su monografía de grado “Las marcas del genocidio contra la Unión Patriótica en mi experiencia como joven, mujer, víctima e hija”. 

Esta tesis fue otra forma de conocer a su padre, de buscarlo, de reivindicarlo, de prender otra vela para exorcizar su ausencia, porque “escribir es la manera más profunda de leer la propia vida”, dice el escritor, poeta, cronista español y premio Cervantes don Francisco Umbral. 

Allí relata como en el 2009, se profundizó la investigación para hallar los restos de su padre, gracias a que Fredy Rendón Herrera, alias “el Alemán”, quien ingresó a las filas del bloque Élmer Cárdenas de las ACCU en el 95 y responsable de la incursión de ese 20 de diciembre, se había desmovilizado y, durante una audiencia preparatoria, entregó a la Fiscalía las coordenadas del lugar donde estaban los restos de su padre por Santa María la Nueva del Darién. 

Ya había indicios de la ubicación de los restos de Benjamín. Hacia el 2004, habían realizado exhumaciones en esa región, donde los habitantes señalaban la existencia de fosas comunes. 

En el 2006, Sandra y su familia tocaron las puertas de la Corporación Reiniciar, donde encontraron una mano amiga especializada en procesos jurídicos con la población perteneciente a la UP, que contactó a la Fiscalía, con lo que legalmente inició el proceso de búsqueda.          

La investigación estuvo sembrada de muchas decepciones: el desconocimiento supuesto o no de los hechos por parte de los desmovilizados; la falta de datos en sus versiones con respecto a tiempo, modo y lugar; la ausencia de claridad en cuanto a la responsabilidad de actores estatales; la escasez de georradares que ubican los restos bajo tierra —la Fiscalía cuenta solo con uno—, que ralentiza la búsqueda por la cantidad de casos en el país. 

Además, de cierta revictimización sufrida por el tratamiento discriminatorio hacia los familiares de la persona desaparecida y la sobreprotección del postulado, como concluye Sandra en su monografía.  

Por estos inconvenientes, ella encendía mi llama a punta de oraciones.    

“El recuerdo ha alterado la imagen según las necesidades de la memoria”, escribe Susan Sontag, en su libro Ante el dolor de los demás, en el que analiza la “representación visual de la guerra y la violencia. 

Quizá por ello, en el decurso de eventos que rememoraban a las víctimas de desaparición forzada, más que el álbum o la foto de su padre estampada en una camiseta, el símbolo más preciado para Sandra y su familia fue una camiseta. “Era azul y grande, lo que me permitía darme cuenta de cómo era físicamente. 

Estos suvenires desaparecieron de su vida: las fotos por pérdida y la camiseta grande por un acto de desapego y libertad durante un taller psicosocial. 

El año pasado, por fin, se hallaron sus restos con el acompañamiento de organizaciones como Equitas —centro forense especial para la investigación de violaciones de derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario—, Reiniciar, Fiscalía General de la Nación y la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD). 

Sandra no dio crédito a la noticia. Vio los restos y no sintió nada especial. Negó que fuera su padre, pero un sueño protagonizado por él, en el cual le sonreía, le encendió el presentimiento. Las pruebas forenses lo corroboraron. 

Falta iluminar que “el Alemán”, “el Alacrán” y Pablo José Montalvo, alias “Alfa Once” o “Saiza”, declararon ante la Unidad de Justicia y Paz que José Asprilla y Edinson Rivas habían sido dados de baja en la zona rural del corregimiento de Santa María la Nueva del Darién.  

Ellos se encuentran entre las 50.634 víctimas directas de desaparición forzada que hay en Colombia según el Registro Único de Víctimas. También hay 138.045 afectados indirectos por este hecho. De ese total los departamentos más afectados son Antioquia (24%), Meta (8%), Valle del Cauca (4,8%), Cesar (4,3%) y Caquetá (4,2%).  

Benjamín yace aquí, también, en el cementerio de Acandí, donde nació, porque hace menos de un mes, en Apartadó, fue la ceremonia de entrega de sus restos a Sandra y su familia con el acompañamiento de la Unidad para las Víctimas. Un mural se pintó en su nombre. No era la única familia, había otra, pero eso ya es otra historia.  

“Por fin el espíritu de mi papá está libre, ya está en paz, así como yo también me siento libre y en paz”, dijo Sandra. Brille para él la llama eterna.  

(Fin/EGG/RAM)