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Historias de vida

Aníbal Ocampo

La carrera contra la guerra que traspasa fronteras

Aníbal Antonio Ocampo viene de un Remolino Grande, como era conocido el municipio de Puerto Colombia, en Antioquia, un apacible poblado que le vio nacer junto con sus otros tres hermanos y de donde salió con su familia para Puerto Berrío buscando mejores oportunidades.

La vida le arrebataría el privilegio de ver cada día la sonrisa de su mamá, llevándolo a quedar huérfano siendo aún un niño y sin la posibilidad de conocer a su padre, pero los brazos de sus abuelos tratarían de suplir aquellas duras ausencias llevándolo por el camino de la bondad.

“Yo practicaba el atletismo y a nivel de deporte era muy sobresaliente en el colegio y a nivel departamental. Estuve en varias olimpiadas representando a Puerto Berrío. Conocí muchos lugares del país como Medellín, Segovia, Bogotá y donde hicieran juegos nacionales”, recuerda Aníbal con una sonrisa que lo transporta a su infancia.

“Cuando uno pierde una competencia, no es que se pierda, es que uno aprende más cosas para superar. La superación no es perder, es aprender”, explica cerrando el puño de su mano en señal de victoria. Esa lección la aprendió muy joven con 15 años cuando descubrió ese talento para el atletismo y, sin saberlo, esa premisa tendría mantenerla, ese “aprender a superar” una caída o una pérdida e ir aprendiendo cuáles serían las carreras que la vida le pondría en frente.

 

La carrera de obstáculos

Justo antes de cumplir los 18 años, lo llevaron a prestar servicio militar obligatorio interrumpiendo la intención de terminar sus estudios. “Cuando salí del servicio en el 82, los grupos armados me ofrecieron caminos con ellos, a prestar un servicio de violencia y todas esas cosas. Y yo me negaba porque venía de sufrir, no quería seguir sufriendo, quería superarme en mi trabajo, quería trabajar en una empresa, tener una vida más tranquila y, al contrario, la vida se me fue complicando cada día más”, recuerda.

Trabajó en diferentes oficios y en petroleras de la región, pero los atentados que sufrían los oleoductos no permitían trabajar tranquilo a ningún habitante de la zona, bien fuera porque quedaban desempleados o porque les quitaban la vida.

“Ahí fue cuando empecé a desplazarme a varios municipios de Antioquia. La vida me fue cambiando demasiado, estuve también en Segovia y ahí se me perdió un hermano mío hace años; esta es la hora que no me han dado ninguna razón”, Aníbal se refiere a uno de sus hermanos menores, Ruperto Antonio Ocampo, quien estaba bajo su cuidado.

“Por los enfrentamientos entre guerrilla, paramilitares y Gobierno y todo ese conflicto armado en Segovia hubo como 43 muertos y 52 heridos, y a mí eso me afectó mucho psicológicamente; tuve que desocupar el pueblo al otro día y tuve que salir huyendo en un bus para Medellín”, rememora mientras sus ojos se ven vidriosos por la melancolía. Sí, empezaba una carrera contra el tiempo para evitar que él fuera el siguiente en la lista, como ya se lo habían anunciado cuando corría el año 88.

Este hombre grande y con voz gruesa, deja ver un corazón entristecido por el hecho de que “se siente uno obligado a huir porque uno dejar el calor de sus padres, de la familia y no tener a nadie, eso es muy duro”.

 

El relevo connacional

Cuando el año 92 marcó el calendario y los pies de Aníbal ya habían recorrido varios kilómetros en Colombia, logró llegar a Costa Rica con una maleta llena de nostalgias, añoranzas y temor por repetir la historia que tantas caídas le causó.

“Me gustó en Costa Rica porque no hay Ejército, al no tenerlo, es un país que tiene mucha educación, tiene progreso y avance, es un país que cuida la juventud, cuida la vejez. Yo empecé mi vida muy diferente, hoy por hoy le doy gracias a que salí líder de las víctimas”, afirma con un tono más esperanzador porque “ya llevaba una parte de la universidad. ¿Qué es la universidad?, lo que usted aprende en la calle, esa es la verdadera universidad y lo que usted aprende en la calle tiene que ponerlo en práctica, no con droga, ni con violencia ni con sicariato, no más usted pone disciplina de su parte y las cosas salen adelante”, replica con voz firme y frente en alto.

Trabajando honestamente y demostrándole a los costarricenses que los colombianos trabajadores son más, con eso logró que lo acogieran como a otro hijo de esa hermosa patria, por lo que le permitieron trabajar en “el rebusque” como vendedor ambulante.

“Donde yo llegaba escuchaba la voz de un colombiano y hablábamos de la experiencia que habíamos tenido en, entonces yo les preguntaba por qué estaban por acá y me decían: por la guerra, por el desplazamiento forzado”. Fue entonces cuando él tomó la iniciativa para organizarse y encontrar la manera de unir fuerzas para luchar por sus derechos.

La inseguridad en el barrio los estaba azotando y Aníbal presentó un plan de seguridad a la comunidad, pero el temor de lograr una tranquilidad invadía a sus compatriotas vecinos. “No se preocupen por la plata, yo con la mentalidad y la bendición del señor me voy a poner a trabajar, no necesitamos armas. Ahí se fue montando la seguridad. Hoy por hoy lleva 25 años esa labor, y ha dado un fruto porque tenemos un sistema de cámaras”, dice.

Ese liderazgo lo llevó a ser elegido como uno de los representantes de las víctimas en el exterior por Costa Rica, donde ha podido ayudar a casi 2.000 personas que han vivido situaciones similares y que la violencia los llevó a radicarse lejos de su tierra natal. “Cuando me llaman las mismas embajadas me dicen: le reconocemos el trabajo que viene haciendo por las víctimas. Me gusta trabajar por las víctimas porque si usted va a trabajar por una comunidad solo, no saca nada, esto tiene que ser en equipo”.

Así como él, cada colombiano lucha y trabaja por dar lo mejor y conseguir sus sueños y, al cerrar los ojos, Aníbal no titubea al mencionar cuál es su más grande sueño: “Mi sueño sería ver a Colombia sin guerrilla. Si yo pudiera escribiría un libro con ese título, explicando por qué necesitamos un país en paz, Colombia es rica en todo y sé que los compatriotas que estamos en otro país al tiempo llegaremos a nuestra tierra”.

De esa manera, con mirada al horizonte y una sonrisa que ilumina su rostro, con esa nobleza que sobrepasa cualquier entendimiento y más cuando se ha vivido la crudeza de una guerra, él quiere demostrar que se puede curar un dolor que brota en el alma:

“Uno a veces piensa: lo dañado, ya ni modos, eso es solo críticas. Pero no, las cosas sí se pueden reparar y volver a arreglar. Eso es seguir adelante porque las críticas también son buenas. Si no hay crítica, no hay progreso, pero hay que superarse en muchas cosas porque Colombia tiene mucha tierra para ser”.

Por: Vannesa Romero

(Fin/PVR/RAM)