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Escudo de Colombia y texto de la Unidad para las Víctimas
Historias de vida

Janeth Yanguas

Mujeres víctimas que pintaron sus sueños

Existen muchos tipos de voces y la pintura es una de ellas. La pintura, sostiene la artista Janeth Yanguas, tiene la capacidad de contar a gritos una historia que no ha sido capaz de convertirse en palabras.

Eso fue lo que pasó con ella y 38 mujeres más a las que la vida unió por una condición amarga: ser víctimas del conflicto, pero que resultaron generando un vozarrón colectivo que le habló al mundo de sobre ellas y, de paso, las ayudó a sanar heridas.

Janeth es una mujer de piel canela, sonrisa fácil, amor por el arte, su familia y sus perros. Hace muchos años, cuando tenía apenas al primero de sus tres hijos, ella y su esposo experimentaron algunas de las duras consecuencias de la guerra: el desplazamiento y el despojo.

Aunque nacieron en la ciudad, vivían en la zona rural por decisión, amaban las montañas, los olores de la tierra, el poder encontrar limones en algún árbol de camino a casa, criar a la familia en un aire puro.

Pero la presencia de los actores armados en el sector en el que vivían acabó con su paisaje y terminó mandándolos de vuelta a la urbe a empezar de cero, como la gran mayoría de personas en condición de desplazamiento del país, que son al menos el 80% de toda la población víctima.

Ella es artista plástica y él, escritor. Ambos tenían un especial afecto por la docencia y fue desempeñando esa labor que poco a poco lograron salir adelante en la ciudad.

“Estábamos afrontando muchos problemas, habíamos perdido también una inversión que habíamos hecho en un lote en otra parte y no sabíamos que hacer, hasta que alguien nos insistió en que teníamos que declarar nuestra condición de víctimas porque ya estaba en firme la Ley 1448 del 2011, que teníamos que luchar por la restitución de nuestras tierras”, indica Janeth.

Les dio miedo. Eso de declarar, de volver a relatar lo vivido durante el conflicto les ponía la pie de gallina y más teniendo en cuenta que los actores armados “seguían allí en el territorio”, dice el esposo.

Finalmente dieron el paso, fueron incluidos en el Registro Único de Víctimas (RUV) y en el Registro de Tierras y comenzó allí un camino nada sencillo.

El compañero de Janeth confiesa que ese rótulo de “víctima” en su frente, le pesa, no le gusta. Detrás de él, sostiene, hay discriminación, dificultades y muchas veces un miedo permanente a que las cosas malas vuelvan a pasar.

Que hablen las mujeres

Durante el proceso para la restitución de su tierra, Janeth cuenta que fue convocada a un taller por el Ministerio de Agricultura en la ciudad de Tuluá, centro del Valle. Dice que el fondo de esta actividad era empoderar y fortalecer a las mujeres, “pues el gobierno se estaba dando cuenta que cuando entregaba las tierras, todo terminaba quedando solo en manos de los hombres, que a veces podían dejar desprotegidas a sus esposas”.

Cuando recuerda ese primer encuentro con otras mujeres víctimas se pone las manos en el rostro. “Fue un choque horrible. Empiezan esos relatos de todas ellas, con unos dramas impresionantes, abusos sexuales, muerte, dolor. Fue una confrontación tenaz, tanto que uno termina pensando que no le pasó nada comparado con aquellas valientes”.

Así que empieza a recorrerla una inquietud: pensó que sería maravilloso pintar con ellas y recordó su teoría de que el lienzo y el pincel son una voz potente.

A una sesión siguiente se apareció con una cajita de tizas y le dijo a la tallerista que le regalara solo diez minutos para proponerle al grupo que pintaran algo.

“No tenía nada que ofrecer, pero pensaba que, en mi casa, con ramas de guayabo podíamos hacer bastidores, que podíamos hacer una comitiva o algo para reunirnos y crear juntas”, explica.

Su idea les sonó tan bien a los encargados de la capacitación que lo que preguntaron fue: qué necesita y la apoyamos para hacer esto bien hecho. El ángel que iluminó ese camino fue una mujer llamada María Fernanda Toro, reconoce.

Y así fue. Al otro día estaban dispuestos cartones para cada una y los demás materiales, todos en frente de unas mujeres que en su mayoría jamás habían pintado nada, pero que estaban muy entusiasmadas. El grupo tenía una alta proporción de abuelas y señoras que no sabían leer ni escribir.

“Fue una experiencia bellísima, la llamamos ‘El renacer de las mujeres víctimas pintando nuestros sueños’. Lo que les propuse era que plasmáramos en la obra aquello que deseábamos con todo el corazón después de haber vivido momentos tan tristes con el conflicto”, indicó.

La idea que nació con una cajita de tizas se transformó de pronto en una gran apuesta artística y de sanidad interior. Esos bocetos, además, serían transformados en cuadros reales de 90 por 60 centímetros, pues agendaron una nueva cita con el grupo de mujeres para cristalizar las obras, gracias al apoyo del Ministerio de Agricultura.

Esto pasó en abril del 2015. Algunas debieron levantarse aún a oscuras para iniciar el recorrido desde sus fincas en burro, moto, chiva y luego bus para llegar hasta Tuluá nuevamente a pintar sus cuadros en caballetes y lienzos, como todas unas profesionales. Esto tuvo su espacio en la ESE Centro (servicios de salud) del barrio Villacolombia, en Cali.

“Hubo un tema recurrente en los trabajos: el territorio. Cuando se les preguntaba por lo que soñaban esas respuestas hablaban de volver al campo, a sus tierras, tener otra vez su casa. Era muy lindo verlas pintar sus animales y sus árboles, verlas sonreír pese a todo el dolor vivido”, señaló Janeth.

En un registro periodístico hecho a este trabajo, El Tiempo contó de algunas de esos sueños convertidos en dibujos. Tal era el caso de Johana Roncancio, quien huyo de la guerrilla en su pueblo en Cundinamarca y reflejaba en su cuadro la tranquilidad del mar. Su obra se llamó “Una nueva luz”.

También referenciaban a una mujer de Galicia, Bugalagrande, a quien las autodefensas le mataron a su padre y agredieron sexualmente a su hija de trece años. Su cuadro estaba dominado por el color y el sol.

Semanas después, un lujoso hotel del norte de Cali fue el espacio en el que se inauguró esta especial exposición. Con cóctel, medios de comunicación, y distintas instituciones, las artistas presentaron orgullosas sus trabajos “y se veían ese día más lindas que nunca”.

“Lo que sucedió en adelante nada lo podía imaginar. Las obras fueron para muchos lados, estuvieron expuestas en los exteriores de la Beneficencia del Valle, en la Casa Matria de Cali, en Tuluá, Palmira y Bogotá. Un de ellas incluso vendió un cuadro a un señor que se enamoró de su paisaje, ¡no lo podía creer!, ¡alguien le daba gran valor a  lo que ella hizo y nunca antes había pintado! Sueño con que esta exposición algún día llegue a la Casa de Nariño, yo sé que es posible”, dice la guía de todo este trabajo, quien añade que en la fase de exhibiciones contaron con el apoyo de la Unidad de Restitución de Tierras y las Naciones Unidas.

Después de todo este camino, las artistas pidieron poder llevarse los cuadros a sus casas, “eran parte de ellas, de su catarsis”, así que felices y en moto, chiva, burro y bus trasladaron sus obras a las paredes de sus hogares.

Hoy Janet solo tiene dos de los cuadros en su poder, de mujeres que por alguna razón no se los pudieron llevar. Los guarda como tesoros en la casa que poco a poco levanta con su esposo en una zona rural del Valle.

“La gente me pregunta que yo qué saqué de todo esto, que qué gané. Yo les contesto como la propaganda: ‘hay cosas que no tienen precio…para todo lo demás existe Master Card’”. 

Escrita por: Luz Jenny Aguirre T.