Alba Luz Pradilla Fernández
Neiva, Huila

Alba Luz Pradilla ha tenido que desplazarse de manera forzosa dos veces, y refugiarse en México una vez, debido al conflicto armado interno. La primera por miedo ante las amenazas de las Farc y la segunda por el asesinato de su esposo a manos del mismo grupo guerrillero (hoy en proceso de desmovilización). La tercera, le aconsejaron salir del país y se fue para México varios meses.

Crió sola a sus tres hijos y hoy lidera la Asociación de Mujeres Víctimas del Huila. No han pasado muchos años desde que le sucedieron esas tragedias y sus palabras distan mucho de las de una persona hundida en el dolor y en el pesimismo: “la vida me volvió a sonreír y sé que podré cumplir mis sueños y ayudar a otras víctimas a alcanzar los suyos”.

Apenas empezaba el siglo XXI, cuando Alba Luz se separó de su primer esposo y empezó a trabajar como operaria en una fábrica en Bogotá, para sacar adelante a los dos hijos que le quedaron de aquella unión. Después de dos años, conoció a José Alejandro, quien se convirtió después en su compañero permanente. Pasó otro lapso igual y llegó su tercer hijo, la consolidación del hogar.

En el año 2005, la familia completa se trasladó al Huila, ya que José Alejandro había conseguido empleo cuidando una finca en el municipio de Baraya. Les parecía un bello lugar para edificar la familia.

Tan solo pasaron ocho meses para que entendieran que no sería así. Recibieron visitas de guerrilleros de las FARC, quienes les informaron que querían reclutar a su hija Lorena de 11 años de edad. El hecho les generó angustia y la pareja decidió huir de inmediato.

Se refugiaron en casa de un tío de Alba, en San Vicente del Caguán, quien les ayudó a encontrar trabajo, a ella en un restaurante y a su esposo como ayudante en una empresa transportadora. Y el progreso empezó a evidenciarse.

En el 2007, la pareja contaba con ahorros suficientes para montar su propio negocio, un estanco al que llegaban toda clase de personas, entre ellas policías y militares. Entonces, surgió el rumor de que Alba, era informante del Ejército y recibió múltiples amenazas que la llevaron a cerrar el negocio.

Ahora, la familia vivía del vehículo de transporte público intermunicipal que compró su esposo. Ella no pudo volver a trabajar ya que las amenazas contra su vida no paraban. Las puso en conocimiento de las autoridades, la Cruz Roja, la Defensoría del Pueblo, y otras entidades que no recuerda, sin obtener respuesta alguna.

Durante un tiempo todo pareció calmarse. Se sentían felices, los hijos estudiaban, el esposo trabajaba y ella cumplía con los quehaceres domésticos. Pero el conflicto armado apareció otra vez en sus vidas. José Alejandro empezó a tener problemas porque entre los pasajeros le tocaba transportar guerrilleros y si no lo hacia lo amenazaban. Las autoridades comenzaron a asociarlo con la guerrilla.

En diciembre del 2011 la guerrilla le ordenó a José Alejandro recoger y transportar en su vehículo unos víveres para entregarlos en determinado lugar, él se negó y de nuevo fue amenazado. Pocas semanas después, le ordenaron transportar a un grupo de guerrilleros y él hizo caso omiso.

Atreverse a desafiar al grupo guerrillero que controlaba la región, tuvo como consecuencia que el 26 de diciembre de 2011, después de pasar una feliz navidad en familia, José Alejandro fuera asesinado. Arrancó en el bus a su destino muy temprano en la mañana y Alba volvió a saber de él a las 6:30 p.m. cuando Jesús Antonio, su hermano, la llamó para darle la peor noticia de su vida: había sido asesinado y el vehículo, incinerado.

“Ahí cambio mi vida, se acabó mi tranquilidad, de un segundo a otro todo cambio para mí”, afirma Alba. En plena funeraria, después de que los compañeros de trabajo de él recogieron el cuerpo, la guerrilla le comunicó que tenía seis horas para abandonar el pueblo, o correría igual suerte. Alba no tuvo otra opción que huir de nuevo, con lo poco que pudo llevar, esta vez rumbo a Bogotá.

Le enviaron a la capital del país el cuerpo de su esposo y el 29 de diciembre le dio cristiana sepultura. Luego se radicó en Neiva, hasta donde la siguieron las amenazas contra ella y sus hijos. Cambió su aspecto físico y no sirvió, así que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) la apoyó para del salir del país por tres meses, ubicándola en México.

Regresó a Neiva, a la casa de su mamá. Dormían los cuatro en una alcoba con dos camas, no tenía empleo y la situación se tornaba cada día peor. La necesidad, hizo que su hija mayor comenzara a trabajar en un casino y renunciara a su sueño de ser odontóloga.

Alba, sin embargo, mantuvo la confianza. Lo primero que logro fue convertirse en propietaria de vivienda gracias a la estrategia Red Unidos de la Presidencia de la República. Recibió su apartamento completamente gratis en septiembre del 2015 y en este mismo año otro amor llegó a su vida: César, un estudiante de psicología, empresario, que le ha brindado apoyo y afecto, y la motivó a tener un negocio independiente. Se convirtió en distribuidora de una marca de productos para el cabello, a base de baba de caracol; hoy los lleva, con su hija, a todo el departamento.

En marzo de este año, Alba y otras mujeres víctimas del conflicto armado decidieron crear una Asociación de la que ella es representante legal. “Con la Asociación de Empresarias Víctimas del Huila buscamos gestionar recursos que nos sirvan como capital semilla para crecer y ser ejemplo de pujanza y superación para otras víctimas que necesitan encontrar espejos que las animen a seguir adelante, de manera que logren superar, como yo, su hecho victimizante y se conviertan en empresarias”, dice.

Alba sueña con su distribuidora consolidada en un local propio, desde donde pueda enseñar a todas las mujeres huilenses a cuidar de forma adecuada su cabello.  Su mayor anhelo es poder ver a sus hijos convertidos en profesionales exitosos y felices. De la guerra guarda un triste recuerdo, aún le genera dolor, pero la visión del futuro prometedor que ella misma ha decidido labrarse, la anima a seguir adelante poco a poco.