Luz Marina Bernal Parra

Parí a mi hijo pero él me parió para la lucha por los derechos humanos

por: Andrés Zambrano

El 8 de enero de 2008 la vida mía cambió y salí de la burbuja en la que vivía con mi esposo, cuatro hijos y una nieta. Ese día me obligaron a entrar a un mundo que ignoré por 48 años, yo vivía en un país que llevaba más de 50 años en una guerra absurda, donde violaban a las mujeres, a la niñas y a los adolescentes, donde había desaparición forzada, tortura, genocidios, desplazamientos y reclutamiento de menores. Ese mundo tocó a mi puerta y lo hizo con el ser más débil, mi hijo Fair Leonardo.

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Leonardo físicamente era una persona normal pero no sabía leer, ni escribir y no conocía el valor del dinero. Pocos se daban cuenta de su discapacidad. Desde que llegamos al barrio fue muy sociable. Él jugaba con los niños, pero ese no era su fuerte. Le gustaba más relacionarse con personas adultas. Era muy acomedido y buscaba afanosamente a quien ayudar. Se paraba en la ventana y miraba si en la esquina venía una señora con dos o tres bolsas de mercado. Luego bajaba, cogía las bolsas y se las llevaba a su casa. Ya de adulto ayudaba en la construcción. Tenía carné para trabajar en las obras. Le gustaban las cosas pesadas y la gente lo buscaba para eso, pero se aprovechaban porque no conocía el valor del dinero. Se lo llevaban para trabajar de 5 de la mañana a 5 de la tarde por 500 pesos o le pagaban con billetes falsos.

Yo respeté su espacio, no quería ser una madre controladora. Pero me dolía la forma en que le pagaban. Él tenía sueños, como cualquier otra persona. A veces pasaba por un almacén y se enamoraba de unas zapatillas. Decía que iba a ahorrar para comprarlas. Todos los días me entregaba dinero y preguntaba ¿cuánto falta? Pero con el dinero que le pagaban no había cuando. Yo le completaba para no decepcionarlo… Pero esas cosas se quedan para la justicia de arriba, la de aquí es precaria, indolente, indiferente.

Me siento orgullosa de mi hijo, durante 20 años le sirvió a una comunidad. Era sobreprotector, buen hermano y buen hijo, todos los días me regalaba una rosa roja. En el barrio, por donde quiera que ando hay algo de él pues trabajó en muchas de sus calles.

Ese 8 de enero salí a las 6 de la mañana con mi esposo. El día anterior había sido festivo y había llegado de Buenaventura. Le habían robado los documentos y me pidió que lo acompañara al centro a sacar los papeles. Nos levantamos a las 4 de la mañana. Bañé a mi nieta Aisha y les dejé el desayuno y el almuerzo a mis hijos. Nos fuimos a las 5:30, estuvimos en la Registraduría del centro y luego en Banderas, sacando el pasado judicial y el pase.

Como a las 4 de la tarde terminamos y regresé a la casa porque estaba estudiando y debía terminar unas tareas. No había nadie, pero eso no era raro porque todos mis hijos salían a hacer sus cosas. El mayor llegó como a la 1 de la mañana y le pregunté por Leonardo, que no aparecía.

Me dijo: 'mamita a las 12 del día recibió una llamada y era un señor. Él le dijo: -‘ya voy patroncito’-. Nos levantamos, nos bañamos y desayunamos. La pedí que me acompañara pero se fue para donde lo necesitaban y yo quedé de recogerlo después. Nos despedimos en una esquina’.

Mi hijo mayor conducía un colectivo entre Soacha y Fusa y cuando regresó llamó a Leonardo pero el celular estaba apagado. Pensamos que se había ido con mi hermano y, como era tan tarde, no lo llamamos. Esperé hasta el día siguiente y nos fuimos a la inspección de policía porque a veces él iba y les lavaba las motos o la patrulla. Caminé por el barrio y pregunté, pero nadie lo había visto.

La búsqueda

Los policías me dijeron: 'Doña, para colocar la denuncia toca esperar 72 horas’. Era mucho tiempo y mientras tanto seguí buscando entre los vecinos y los familiares. A los tres días me fui a poner la denuncia a la Fiscalía y la mujer que me recibió fue grosera, me dijo que las madres tenemos a los hijos debajo de las naguas y no recibió la denuncia. Comenzamos a hacer recorridos por clínicas, hospitales y casas de albergue… A comienzos de febrero volví a la Fiscalía y la misma mujer de antes me dijo: 'usted aquí chillando y su hijo divirtiéndose'. Le expliqué que mi caso era distinto, que era un joven de educación especial. No es normal que se haya desaparecido de esa manera, ya vamos a cumplir un mes y no sabemos nada. Me pasaron como una hoja de ruta. Entre los lugares estaba medicina legal, pero yo al comienzo no aceptaba ir porque no concebía pensar que mi hijo estuviera muerto. En marzo me decidí y les conté mi caso. Iba todos los lunes y me mostraban los álbumes con las fotos de las personas que ingresaban cada ocho días al instituto.

Un día, saliendo de medicina legal, vi a un grupo de chicos durmiendo en la calle y pensé: 'será comenzar otro camino de búsqueda’. Me senté con mis hijos y les dije: 'A Leonardo no lo tragó la tierra. A su hermano le pudieron pasar varias cosas: pudo ser un accidente de construcción y perdió el conocimiento, se desubicó y no encuentra la casa o le dieron algo...Toca buscar por todos lados, meternos a sitios donde venden droga, donde hay indigentes'...

Entre los lugares estaba medicina legal,pero yo al comienzo no aceptaba ir porque no concebía pensar que mi hijo estuviera muerto.”

John Smith pidió permiso en la empresa y comenzó a disfrazarse de persona de la calle con mi hija menor. Se iban a la calle del Bronx, en la L o a Cinco Huecos. Todos los días le pedía a Dios que me mostrara su rostro sin importar las condiciones, necesitaba encontrarlo. Durante ocho meses recorrimos las calles de Bogotá. Pusimos la foto en RCN y Caracol con nuestros teléfonos, pero no sé si fue una buena decisión. La gente abusa con eso, nos llamaban y me daban cinco direcciones en los extremos de la ciudad. Juegan con el dolor y hacen un daño físico y psicológico. A raíz de eso me dio una parálisis facial que me dejó secuelas en la cara.

Un día, como en agosto, llegó un señor que vivía diagonal a la casa y me dijo: 'doña Luz Marina, ya encontró al 'Gringo' -así le decían por los ojos claros-. Y me contó que el sobrino de su esposa había aparecido en Ocaña, en una fosa común, como N.N. Yo no sabía y en mi ignorancia pregunté y me dijo: ´pues que lo mataron. Vaya a medicina legal y pregunte por el archivo secreto de Ocaña. Lo hice y solo había tres fotos. Me las mostró y me dijo que los dolientes eran todos de Cúcuta.

Pasaron los días y una tarde entró una llamada y la contestó mi hija, me dijo que era de medicina legal. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, bajó desde la coronilla hasta las plantas de los pies, y le dije a mi hija: ‘se acabó la búsqueda. Leonardo está muerto'. Le pregunté a la doctora si me podía adelantar algo pero dijo que no.

Fue un momento tan difícil. La buseta no andaba, era como si el tiempo se hubiera detenido en un instante, sentía que mis pies levitaban, que no tocaban el piso, que no avanzaban. Una doctora me comenzó a leer una lista que tenía en una hoja, eran 30 nombres. Cuando dijo Fair Leonardo Porras, entré como en un túnel, ella hablaba pero no vocalizaba, su voz se distorsionaba. Lo que leyó de ahí para abajo no lo escuché. Me pidió el número de la cédula de Leonardo y se lo dije. En el computador la digitó y salió su rostro, o lo que quedó, porque recibió 13 impactos de bala y dos le destruyeron el rostro. Tenía los ojos abiertos y un terror terrible en la mirada. Me dijo que lo habían encontrado en Ocaña Norte de Santander. En ese momento la rama jurídica estaba en paro y me sugirió reunir a otras familias para hacer un puente con la Fiscalía y que nos dieran la orden de exhumación de los restos. Pregunté si sabía quién lo había asesinado y la única información que tenía era estaba en una fosa común.

Lo que siguió fue también complejo, la doctora nos aconsejó tener todo listo para mover los restos. Comencé a buscar cementerios para ubicar el cuerpo, fui al Central, al de Chapinero, al Apogeo, a Campos de Cristo, pero no tenía los 15 millones de pesos para traerlo. Me tocó hacer un préstamo a diferentes personas para conseguir ese dinero. El 23 de septiembre de 2008 nos citan a las 10 de la mañana a Medicina Legal. Allí conozco a tres familias más: a la señora Flor Hernández, a Blanca Monroy y a Elvira Castro. Nos hacen una reunión y nos entregan la identificación de nuestros hijos por cotejo de huella dactilar por parte de la Registraduría Nacional de Colombia.

Pero ese día sucedió algo que no pasó en esos ocho meses y fue la presencia de los medios de comunicación, televisión, radio y prensa nacional e internacional. Le pregunté al vigilante y me dijo: ‘es que murió un muchacho jugando fútbol y es una persona muy reconocida’. Nosotras estábamos en un cuarto con vidrios y los periodistas se dieron cuenta que éramos cuatro mujeres llorando y cada una con fotos en la mano. Uno de ellos se acercó y me preguntó el nombre. Cogió la foto de mi hijo y le dije que había aparecido muerto en una fosa en Ocaña. ‘Estamos acá para ver cómo vamos a traerlo, somos tres mamás en las mismas circunstancias’. De pronto entró otro periodista y nos dijo que si queríamos hablar lo teníamos que hacer inmediatamente porque iban a ser las 12:30 del día y el noticiero estaba a punto de comenzar. Yo no quise porque no sabía en lo que me podía meter y pensaba en mis otros hijos y mi esposo. Ese fue uno de los primeros pasos que se dieron para las denuncias de los falsos positivos de Soacha.

Viajé ese mismo día. A las 4 de la tarde partimos con mi esposo y mi hijo, cuando llegamos, uno de los fiscales, al saber que éramos los padres de Fair Leonardo, sonrió y dijo: 'usted es la mamá del jefe de la organización narcoterrorista'. Yo le reclamé: ‘usted está equivocado’. Y me contó que en el momento del levantamiento mi hijo llevaba una pistola 9 milímetros en la mano derecha. Saqué la historia clínica de mi hijo y le mostré: ‘un chico como él no puede liderar un grupo insurgente’

Descubrir ellos habían asesinado a mi hijo me hizo sentir el dolor más grande del mundo.

Me respondió: ‘eso dice el informe del Ejército. Acaso no sabe que su hijo fue dado de baja por la Brigada Móvil 15, de Ocaña Norte de Santander’. Hasta ese momento yo era una mujer orgullosa de que mi hijo mayor hubiera presentado el servicio militar durante 24 meses. Descubrir ellos habían asesinado a mi hijo me hizo sentir el dolor más grande del mundo. Mi hijo se cogió la cabeza con las dos manos y cayó sentado en una silla. No podía creerlo. Nos repartieron a los tres en salas diferentes y nos entrevistaron por separado. Nos tuvieron hasta las 6 de la tarde y luego nos llevaron a la funeraria Páez. Hasta allá llegó un chico de la alcaldía que llevaba el croquis que mostraba dónde estaban los cuerpos. Pedí que mi hijo fuera el primero en ser desenterrado, antes de que llegaran los medios de comunicación. Para ese momento, las desapariciones se habían convertido en noticia nacional y todos querían averiguar porqué cuatro chicos de Soacha habían aparecido muertos a 18 horas de sus viviendas.

Ocaña fue para mí el sitio más horrendo de mi vida. Cuando volvimos a Bogotá, a las 11 de la mañana, nos recibieron en la funeraria Los Olivos de El Restrepo. Los cuerpos de los otros muchachos los enviaron para Campos de Cristo, en Soacha, con mi hijo nos tocó alquilar una fosa en La Inmaculada, por la Autopista Norte. De mi casa allá me demoro 3 horas y media mientras que las otras señoras sí se pueden ir a pie al cementerio a ver a sus hijos.

Desde ese momento las madres de los muchachos de los falsos positivos comenzamos a luchar por su buen nombre de nuestros hijos. El 18 de octubre de ese año conozco al Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado y comienzo a trabajar con ellos además descubro toda la problemática de derechos humanos que vive el país. En este tiempo me he estado capacitando ya estudié un diplomado de derechos con el colectivo de abogados José Alvear Restrepo y también hice varios cursos en la Universidad Nacional.

Toda una vida de lucha

Nací en Turmequé, Boyacá, en una familia campesina. Mis abuelos tenían una finca donde cultivaban maíz, papa, arveja, fríjol, habas, arracacha, nabos. Ellos tuvieron tres hijas, mi tía Rosa, Anita y mi madre, Mercedes Parra de Bernal. Ellas quedaron huérfanas de mi abuelo muy temprano y fueron criadas por sus padrinos de bautizo. Él murió en la plaza de Bolívar, se paró en una cáscara de plátano, se resbaló y se desnucó con el borde del andén. Mi abuela, al quedar sola, se fue para Girardot y allá trabajó en un trapiche. Murió porque un día se descuidó y la máquina le molió el cuerpo cuando le estaba colocando caña.

Mi madre se casó a los 18 años y de ese matrimonio quedamos cuatro hermanos: Álvaro, Luis, Carlos y yo. Luis, el mayor, desafortunadamente murió de pena moral y de tristeza, el 28 de diciembre del 2008, por el asesinato de mi hijo. Él nunca se casó, ni tuvo hijos, pero los míos eran como si fueran suyos y el predilecto era Fair Leonardo.

Me casé en 1980 con Carlos Faustino Porras Robayo. Es conductor y lo ha sido toda la vida, maneja una tractomula. De ese matrimonio nacieron John Smith, Fair Leonardo, Dolly Katherine y Liz Caroline.

Mi esposo también es de Turmequé. Lo conozco de toda la vida, era compañero de estudio de mis hermanos. Fuimos novios desde que yo tenía 13 años y él 19 en el Instituto Integrado Diego de Torres. Me propuso matrimonio en ese tiempo pero no acepté, mi sueño era ser arquitecta. Él se vino para Bogotá, duró 8 años y cuando volvió me dijo: ‘casémonos’. Yo no había terminado el bachillerato y lo había enfocado hacia la electricidad y el dibujo técnico pensando en la arquitectura. La idea era terminar, y él me lo prometió, pero las palabras se las lleva el tiempo. No quiso que me quedara en Turmequé y por eso no terminé de estudiar.

Me casé el 18 de febrero de 1980, para mí era como cumplirle un sueño a mi mamá. Ella soñaba ver a sus dos hijas saliendo casadas de una iglesia y para mí era lo correcto, después de una relación tan larga. La boda fue en San Martín, Meta, porque allá vivía mi hermano Álvaro. Duramos 36 años casados, es que a mí me criaron con costumbres muy antiguas y con la idea de hasta que la muerte los separe.

Llegamos a vivir al barrio Eduardo Santos y allí tuve mi primer hijo. Me puse a trabajar ayudándole a un arquitecto a pasar los planos. En ese entonces, se trabajaba en un papel pergamino especial para planos. Estuve cinco años en ese cargo porque mi trazo era perfecto. En mi segundo embarazo, cuando tenía cinco meses, un carro me atropelló subiendo para Las Guacamayas en Bogotá. Eso le desprendió el cerebro a mi bebé, los médicos lo desahuciaron y dijeron que se moría. Me mandaron para la casa a esperar que el organismo expulsara al bebé, pero nació vivo y de seis meses. Cuando tenía tres meses le diagnosticaron una meningitis que lo tuvo siete meses en estado vegetal. Me lo entregaron para llevarlo a una junta de médicos en el Hospital Militar, seis dijeron que no había nada qué hacer y el último me ofreció colocarle una válvula cerebral. Le pregunté si me garantizaba la vida de mi hijo y respondió que no.

La expectativa era que si lograba vivir quedaba con parálisis o con una especie de mongolismo, lo desconectaron para entregármelo y que muriera en la casa. Mi hermano Álvaro me dijo que había una doctora muy buena en Villavicencio, así que viajé hacia allá tan pronto lo desconectaron. El niño estaba muy débil, había vivido siete meses gracias a unas máquinas, pero yo creo que cada ser humano viene a una misión y Dios fue tan generoso conmigo que me lo regaló por 26 años.

Infortunadamente nunca pudo aprender a escribir, leer o reconocer el valor del dinero y le quedó una discapacidad en el brazo izquierdo y en la pierna derecha. Sin embargo, nada de eso fue un impedimento para que fuera una persona activa y colaboradora con su comunidad. Como me dijo un médico, él tiene un cuerpo de hombre, pero nunca va a pensar como alguien mayor de 8 años.

Un día, cuando vivíamos en el barrio San Jorge Central, al pie del Sena de la 30, una amiga me invitó a que la acompañara al estadio El Campín, donde iban a repartir formularios para vivienda. Yo no tenía ningún interés en comprar vivienda pero la acompañé. No le presté importancia y el papel duró guardado cuatro meses en un libro. Un día lo encontré, me senté juiciosa y lo llené. A los dos meses, me llamaron porque había salido favorecida con un apartamento en Soacha. Le comenté a mi esposo y dijo que eso era muy lejos. Sin embargo, decidí ir a la reunión a la que me convocaron. Estaba esperando mi tercer hijo, que es una mujer.

Me entregaron unos documentos donde me certificaban que había salido favorecida con un apartamento. Me llamaron el 7 de junio del 2007 para que fuera a la notaria Quinta, que quedaba en ese entonces en el Edificio Murillo Toro, para que firmara las escrituras. Así llegamos a Soacha.

La situación de mi esposo en el trabajo fue decayendo y el pago del arriendo se comenzó a dificultar. Le dije ‘vámonos para el apartamento’. Él no quería pero yo tomé la decisión, Dios me lo había regalado. Llegué el 3 de octubre de 1987, mi primera cuota fue 8 mil pesos y la última, que la pagué en el 2003, 50 mil pesos.

Llevo 29 años en el barrio Compartir, al que llegué con mi hijo John Smith, de 7 años; Fair Leonardo, de 6 y mi bebita Dolly de 4 meses. Al año y medio tuve a Liz. En 1990 estudié manualidades, artesanía francesa, cerámica horneable en oro y plata, bordados, tejidos y pintura. La cocina nunca me ha gustado, pero me tocó aprender por obligación. Me enseñó mi esposo, aunque durante los dos primeros años de matrimonio no quiso que cocinara. En ese tiempo yo iba a un restaurante y comía desayuno, almuerzo y comida.

La situación económica no mejoró y me vi en la obligación de trabajar ocho años administrando unos almacenes de ropa sport que quedaban frente a La Sevillana por toda la Boyacá. Me fue muy bien y a mi jefe le gustó mi trabajo y me recomendó con la dueña. Ya en el 2000, a mi esposo se le arregló el trabajo y me dijo que me retirara. Me dediqué a la casa y a apoyar a mis hijos en las tareas. Así siguió mi vida hasta ese 8 de enero del 2008, cuando desperté a una realidad que no conocía y que nunca imaginé. Hoy por hoy solo espero que lo que me sucedió no se vuelva a repetir y que podamos vivir sin la violencia que se llevó a mi hijo Fair Leonardo.