Maria Camila Rojas Vanegas
Medellín

Al cumplir 18 años María Camila guardó para siempre en su memoria el nombre con el que la familia Rojas Vanegas bautizó al segundo de sus hijos; con el que escribieron sus calificaciones en la escuela, con el que amigos y amigas de la infancia invitaron a tantos juegos, con el que tuvo una vida antes de encontrar su orientación de género.

“Yo desde los 12 años ya me vestía como mujer. Al principio en la escuela, en medio de la ignorancia, los niños me ofendían y me hacían sentir mal”, comenta mientras aparece en su rostro una sonrisa picarona que connota orgullo y altivez, porque hoy, a sus 23 años y con una vida afectiva y económica establecida, tiene la tranquilidad de haber tomado el camino correcto”.

Ella es una mujer transgénero y pertenece a un universo humano incomprendido, no por ‘la ignorancia infantil’ –como ella diría– sino por causa de la incapacidad que tiene la sociedad para reconocer las maravillas de la diversidad.

Al igual que casi 400 víctimas más incluidas en el Registro Único de Víctimas, de un total de 536 valoradas hasta agosto de 2013 en el marco de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, María Camila hace parte de la comunidad LGBTI, en la cual se hayan lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales. Ella fue incluida en el 2011 como víctima del desplazamiento y obtuvo sus primeras ayudas humanitarias.

La sigla LGBTI es una manera de autodeterminación de las personas con orientaciones sexuales y de género diversos que hacia los años 90 hizo énfasis en la llamada ‘comunidad gay’. Cualquier explicación sería posible, pero María Camila las resume en una frase:

“Yo considero que el chico gay nace como hombre y siente atracción por su mismo sexo y no se siente mal con su vestimenta de hombre. La ‘mujer trans’ es diferente, pues desde que tengo uso de razón tengo sexo de hombre y gustos de mujer”, dice. 
La Asociación de Psicología Americana define el transgenerista como una “persona cuya identidad de género difiere de aquella que normalmente se asocia a su sexo de nacimiento”.

Quizás uno de los días más difíciles fue cuando decidió contárselo a sus padres.

“Primero le conté a mi mamá y ella se puso a llorar, pero tuve de su parte mucha comprensión. Ella le contó luego a mi papá y a pesar de que veníamos de esa cultura machista, él lo aceptó muy normalmente”.

Sin embargo, aquel reto fue inferior al que enfrentó en diciembre del 2008 al terminar su bachillerato, cuando debió sobrevivir al conflicto armado que se ensañaría con otras ‘mujeres trans’ en Dabeiba y la obligaría a marcharse del pueblo en la más profunda incertidumbre.

“Yo cumplí los 18 años cuando me cambié el nombre. Hice los trámites, me dirigí a la Registraduría y anulé el registro anterior –y agrega– en esos días habían matado a una amiga y le habían dado una paliza a otra que se tuvo que ir. Yo les dije a mis papás que no iba a quedarme esperando a que me mataran. Entonces me fui para Medellín”.

A la media noche de un día que prefiere no recordar, tomó su maleta y se desplazó a la capital de Antioquia. Cinco horas duró el viaje en camión junto a un primo que traía maderas de Mutatá. Así, el conflicto la sacó inesperadamente del hogar donde se formó como una ‘mujer trans’, en medio de comprensión y afecto.

Antes de salir se despidió de sus padres, de su hermano mayor, amigos y amigas –y por supuesto– de Sandra, la dueña del salón de belleza donde ella había hecho sus primeros trabajos como estilista, tras un curso que don Ermel Antonio, su padre, le había pagado.

“A raíz de la violencia en la casa la situación era muy dura. Mi papá se ganaba la vida en una escalera (llamada en otras partes de Colombia ‘chiva’) y mi mamá era ama de casa. Entonces cuando yo tenía 14 años él me ingresó a una academia. 
–Yo sé que no voy a poder ayudarle más adelante con una carrera profesional– me dijo el día que me inscribió”.

En la madrugada, el camión se detuvo en un sector de Medellín que parecía confabularse con su situación, llamado ‘barrio triste’. El primo reafirmó el deseo que le expresaron antes de partir y lo hizo en una frase muy coloquial:

–Listo pelada, no la quiero ver llegar con las manos vacías. Quiero que le calle la boca a la gente que piensa que las ‘trans’ no sirven para nada–, le dijo.

María Camila inició una época difícil

“Para mí el 2009 y el 2011 fueron muy duros por la cuestión económica. Al principio llegué a una casa de familia donde vivían 15 personas, pero a los tres meses me aburrí y me fui a vivir sola a una pieza”
Pero aquella tijera macabra del conflicto no alcanzó a cortar sus sueños. La vida la puso en los lugares correctos, en el momento preciso.

Después de buscar trabajo incansablemente fue aceptaba en una sala de belleza del centro de Medellín, donde se desempeña como estilista hace 4 años y donde procura olvidar esos momentos difíciles de la vida.

“Entrar no fue fácil porque en la mayoría de salones de belleza decían que solo recibían lesbianas o gays”, dice. 

El amor también apareció en su vida para llenarla de felicidad. Ahora reparte su tiempo entre el salón de belleza y sus labores como ama de casa.

“Por lo general a las 4 de la mañana despacho a mi esposo y me acuesto otro rato hasta las 7. Arreglo la casa, me alisto y a las 10 me voy para el trabajo. Llego a las 8 de la noche y dejo listo lo del día siguiente”, comenta.

A pesar de que biológicamente María Camila no puede concebir, sí sueña con tener una familia:

“Sí he pensado en adoptar un hijo, pero es un proyecto que tengo a largo plazo. Me gustaría poder darle todo mi amor y sacarlo adelante”.

La vida en Medellín tuvo altibajos y en muchas ocasiones intentó justificar lo injustificable: que a causa de su orientación de género, le habían pasado aquellas cosas.

“Muchas veces me sentí mal por ser como era, porque pensaba que si no hubiera nacido en el medio del género, me hubiera ahorrado los problemas, como la vez que estaba en la Avenida Oriental de Medellín y un tipo me hizo tropezar para que yo me cayera encima de los carros”.

Pero poco a poco fue encontrando su proyecto de vida. Ha encontrado en muchas personas apoyo emocional y laboral para seguir luchando, pero lo más importante es que pudo demostrarle a la sociedad, a sus paisanos de Dabeiba y al resto del país que es una mujer valiosa.

“Gracias a Dios le demostré a mucha gente que las ‘mujeres trans’ no somos trabajadoras sexuales, que para mí eso no es una opción de vida, como sí lo es ser independiente económicamente. Ese es uno de mis mayores orgullos”, dice emocionada.

Después de un tiempo pudo volver a Dabeiba. Su situación de vulnerabilidad cesó. Volvió a sentarse a la mesa con sus padres y hermanos a disfrutar de su tradicional plato de fríjoles, aunque prefiera de vez en cuando una buena porción de carne.

“Cuando puedo voy al pueblo y me encuentro con mi familia. Mi hermano mayor terminó el Ejército y ahora va a ingresar a la Sijín. Como tenemos otro hermanito de 9 años, entonces en las vacaciones lo traen a Medellín”, comenta.

Otras sorpresas vinieron a su vida. Gracias a la complicidad del destino, María Camila actuó en tres capítulos de la famosa telenovela colombiana ‘El Joe, la leyenda’, en la que interpretó a un controvertido travesti. Allí se dio cuenta que tenía un talento escondido con el que espera alargar la melena dorada de los sueños.

“Estoy esperando que seleccionen a los que hicimos el casting para una película colombiana, pero antes ya había hecho papeles cortos en una serie llamada ‘los ladrones’ en Medellín y unas escenas de ‘El Joe’. Es muy curioso porque llegué a ese papel porque la que iba a hacerlo quedó en embarazo y me lo dieron a mí”, cuenta.

Quizás la veamos en la pantalla grande interpretando papeles estelares y rompiendo cada vez más los paradigmas de la segregación. Quizás haga temblar al mundo como lo hizo Jenna Talackova, la canadiense que consiguió que se les permita a las mujeres transgeneristas competir en el certamen de belleza más importante del planeta.

La psicología también la apasiona. Y tiene sus razones:

“Me gusta porque es algo muy enriquecedor y alentador. Enriquece de una manera que no se puede explicar. Es muy importante ayudar y escuchar a la gente y orientarla”, dice.

Con estas y otras tantas experiencias, María Camila hizo del Primer Encuentro Nacional con Víctimas de los sectores LGBTI, que reunió a 40 representantes de todos los rincones del país, un evento con el cual la Unidad para las Víctimas dio un paso significativo en el proceso de reparación integral.

“Es algo gratificante porque vemos que hay un propósito de ayudar a las víctimas LGBTI y me satisface ser parte de esto y no por mí ni siquiera sino porque sé que estoy haciendo cosas por las personas que vienen detrás de mí”, comenta.

Así pasan sus días. Siempre en el ropero ante prendas muy lúcidas con colores que se discuten entre el rosado y el fucsia; con yines o vestidos, porque como ella dice “si hay que ponerse un vestido, me lo pongo”.

Para esta mujer de 23 años a la que la vida en dos ocasiones le puso las cartas al revés, la reparación es posible:

“Con la reparación nos devuelven a las víctimas un pedacito de lo que perdimos, por eso a las víctimas les digo que hay que guerrear, luchar, poner en alto lo que quieren y saber para dónde van”.

Su liderazgo tiene antecedentes muy significativos. María Camila es la fundadora de la Corporación ‘Antioquia Trans’, en la que defiende los derechos de las mujeres transgeneristas. En la actualidad la organización reúne a 20 víctimas del conflicto armado.

“También estuve en un proyecto con el Fondo Mundial sobre prevención y desestigmatización del VIH, en talleres de sensibilización y educación a las Fuerzas Militares y a funcionarios públicos”, dice.

Así es María Camila. Siempre dispuesta a soñar y a luchar, a dar amor, a pasar horas enteras viendo películas que le llenan el corazón o canciones que le recuerdan la vitalidad de sus pasos.

Dispuesta a sonreír, a lucir su rostro alegre, el mismo que le heredó a su madre, doña Consuelo Vanegas.

También dispuesta a hacer valer su derecho a la identidad y la orientación de género, por si algún desprevenido o bromista se atreve a decirle ‘Mario’ o ‘Camilo’, devolverle la vista y decirle: Mi nombre es María Camila.