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La historia de un pueblo liberado

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Palenque, el primer pueblo negro libre de América, fue presa del conflicto armado. Declarado Patrimonio de la Humanidad, también emprendió su reparación colectiva. 

Más de 4.400 personas hacen parte del Sujeto de Reparación Colectiva de San Basilio de Palenque. Descendientes de africanos hablan lengua de origen Bantú son creyentes de la medicina ancestral y amantes de la música de tambores.

En los años 80 la presencia de grupos al margen de la Ley alertó a la población de San Basilio de Palenque, un corregimiento ubicado a 50 kilómetros de la ciudad de Cartagena, en el municipio de Mahates, en Bolívar. Los palenqueros comenzaron así a recorrer el triste camino del miedo y la intimidación.

El territorio era corredor y zona de abastecimiento para los miembros de las guerrillas Epl, Eln y las Farc. Tal asedio hizo que los habitantes de Palenque cambiaran su estilo de vida y abandonaran sus costumbres. Dejaron de lado las faenas diarias en el campo, las prácticas tradicionales para el cultivo de alimentos, las salidas a los arroyos que eran lugares de reunión y esparcimiento y se convirtieron en escenario de dolor y muerte.

De acuerdo con el documento de caracterización del daño, elaborado por la Unidad para las Víctimas con la comunidad de San Basilio de Palenque, dentro de los hechos que los convirtieron en víctimas del conflicto armado se cuentan extorsiones, homicidios, secuestros, desplazamiento forzado, trabajos forzados o servidumbre, reclutamiento de menores, torturas y violencia sexual.

No obstante, la fortaleza de estos pobladores, descendientes de africanos y con una larga historia de resistencia ante hechos violentos, volvió a salir a flote ante la intimidación de los grupos ilegales. En los años 90, un grupo de palenqueros pudo tener acceso a formación académica y empezó a promover la recuperación de la cultura y los derechos de esta comunidad, así como el respeto por su territorio ancestral. Desde entonces, avanzan en un recorrido de retorno a sus tradiciones y costumbres, que ha atravesado muchos obstáculos, incluyendo más violencia, y les ha permitido acercarse al logro de esos objetivos.

Cuando el camino era violento

Un episodio recordado por Primitivo Pérez, miembro del grupo de apoyo del Sujeto de Reparación Colectiva, refleja la crudeza del conflicto armado en la zona: “Un día llegó una camioneta negra y recorrió el pueblo y cuando llegó a un billar que estaba en la Plaza Principal donde departían unos jóvenes, empezaron a disparar y mataron a cuatro de ellos; otros huyeron y los acusaron de ser colaboradores de la guerrilla”.

Para entonces ya había comenzado el nuevo siglo, pero el terror seguía rondando por la región. “Después de la masacre de los muchachos en el billar, para el año 2001, empieza una serie de episodios dolorosos para la población. Entregaron unos panfletos de las autodefensas en el caserío de La Bonga, ubicado a 10 kilómetros de San Basilio, donde nos daban 48 horas para desocupar el poblado. Unas familias se fueron hasta La Pista, en San Pablo, y otra parte se ubicó en el colegio del bachillerato, en el casco urbano, hasta que fue construido el Barrio La Bonga de Rafael”, relata un habitante del territorio, que prefiere no dar su nombre. Aún hay temor en los pobladores.

Los habitantes de Palenque dejaron de cultivar en ese tiempo por miedo, el tránsito por la zona era limitado, las horas de entrada y salida estaban a merced de los grupos armados. Sus ranchos y viviendas fueron quemados, y los espacios culturales y de esparcimiento, violentados.

Las mujeres fueron sometidas a trabajos forzados, eran utilizadas para cocinar, elaborar uniformes y, en muchos casos, fueron víctimas de violencia sexual, cuyas secuelas generaron rupturas familiares.

“Dejamos de confiar los unos en los otros. No sabíamos si hablar o no por temor a ser tildados como informantes, se destruyó el tejido social”, manifiesta Josefa*, una mujer de la zona (*nombre cambiado).

El conflicto dejó marcas físicas y espirituales en cada uno de los habitantes, que hoy luchan por recuperar la armonía con su entorno. Las limitaciones en el uso de la lengua nativa, el deterioro de rituales religiosos, la imposición en las formas de crianza, la pérdida de la identidad y del sentido de pertenencia y la profanación de espacios colectivos como la escuela y las canchas deportivas, hacen parte de las huellas dejadas por la guerra.

“A raíz de las amenazas perdimos a muchos pobladores de la región, entre ellos personas adultas que eran las encargadas de transmitir la cultura y las costumbres. Eso también afectó a las nuevas generaciones, que salieron del territorio muy niños y cuando regresaron desconocían su cultura. Fue un choque fuerte porque de dónde venían eran discriminados

por su lengua, y repitieron la discriminación con sus familiares y personas del pueblo. El conflicto rompió ese lazo, ese arraigo por el territorio”, manifiesta otro habitante de la zona.

Comienza la transformación

Esta población declarada por la Corona Española “Primer pueblo libre de América”, en el siglo XVI, y reconocida por la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, comenzó en los años 90 su proceso de transformación y de recuperación de costumbres, arrebatadas por el conflicto armado.

El primer paso fue hablar en lengua nativa. En cada una de las casas de los palenqueros se retomó esta tradición, que va de generación en generación, y además vieron en los espacios académicos la oportunidad para dedicarse al estudio de sus raíces y a trabajar por el autoreconocimiento de la población, como descendientes de la cultura africana, según cuenta Keiner Simarra Cassiani, representante legal del Consejo Comunitario de Ma-Kankamaná.

“En los años 90, un grupo de palenqueros se formó académicamente y desde ese momento empezó el fortalecimiento de nuestra cultura. Luchamos por los espacios para la protección de nuestros derechos y la inclusión del enfoque diferencial en los diferentes espacios de la sociedad, así como el respeto por el territorio ancestral”, relata Keiner Simarra.

En los últimos años, los palenqueros han trabajado de la mano con la Unidad para las Víctimas, creada en el 2011, para recuperar el territorio ancestral y fortalecer sus tradiciones a través de la Ruta de Reparación Colectiva Étnica, un mecanismo que les permite acceder a la reparación integral de los daños causados a la comunidad por el conflicto armado.

Ya han cumplido fases importantes en este proceso y en la actualidad participan en las jornadas de concertación, con la Unidad, de medidas de satisfacción, restitución, rehabilitación y garantías de no repetición.

“Tenemos la esperanza de que el proceso con la Unidad nos permita salvaguardar nuestras costumbres, recuperar nuestra tierra, y darle una mejor calidad de vida a nuestras comunidades”, manifiesta el representante del Consejo Comunitario Ma-Kankamaná.

Lengua Palenquera, herramienta de resistencia

La lengua palenquera surge de la necesidad que tenían los esclavos de comunicarse sin que los españoles supieran de qué estaban hablando. Es una mezcla de lenguas africanas de origen Bantú con raíces españolas y portuguesas.

En cada rincón de esta población se escucha esa sinfonía de sonidos en tonos fuertes, evocando la grandeza y la fuerza de los esclavos que los hicieron libres. Hablar “en lengua” los hace sentir orgullosos, conectados con el continente africano ubicado a más de 12.300 kilómetros de distancia, de donde heredaron la cultura reconocida hoy a nivel mundial como una de las más preservadas.

“En los años 60, recuerdo que todo el mundo hablaba ‘lengua’ en la calle, pero había unos pueblos vecinos que no les gustaba nuestra manera de comunicarnos y nos decían ‘¡eh palenquerito habla maluco!’, y eso hizo que la gente la fuera dejando. Se perdieron algunas palabras pero los viejos, nuestros abuelos, lograron preservarla”, nos cuenta Primitivo Pérez, miembro de la comunidad.

Con la llegada del conflicto se perdió la transmisión de la lengua en los núcleos familiares. Hoy, “la lengua” se aprende en el hogar, en las escuelas, en los espacios de integración y es enseñada a todo el que esté interesado en aprenderla.

Medicina Tradicional

Muchos palenqueros prefieren las recetas medicinales tradicionales de Ambrosio Herrera y Abel Cassiani, y dejan de lado los diagnósticos de doctores o las fórmulas compradas en droguerías o farmacias. Ellos son médicos ancestrales muy reconocidos en la región.

“Aventurero para el mal de ojo, Hobo para la conjuntivitis, Santa Cruz para el dolor de cabeza, El Cilantro como purgante y para evitar el insomnio”, así enumera una a una Ambrosio las plantas, que solas o combinadas van quitando los males del cuerpo y el alma. Sus conocimientos quedaron plasmados en el libro ‘Farmacia viva, inventario de plantas medicinales de San Basilio de Palenque’.

Estas prácticas también fueron referenciadas por los habitantes de la zona que participaron en las jornadas de caracterización del daño, realizadas por la Unidad para las Víctimas. “Cuando los niños se enfermaban, nuestros abuelos ‘sabedores’, adultos mayores, iban al monte y nos traían plantas para nuestras enfermedades, pero llegaron los grupos insurgentes y, por miedo, esa práctica se acabó”, dice un hombre.

Prácticas que Dignifican

Jey, una mujer palenquera, cuenta mientras elabora un trenzado: “Los peinados fueron utilizados para ubicar salidas de escape, dibujar mapas y guardar semillas, joyas y objetos de valor. Era la brújula de Benkos Biohó y de centenares de esclavos que lucharon por su libertad”.

Esta tradición es una de las más arraigadas en San Basilio de Palenque. En cualquier esquina, a la orilla del arroyo, en la plaza principal, hay mujeres realizando, con gran destreza, las trenzas y otros peinados. No hay distingo de edad, los

utilizan para toda ocasión y cada trenza o trazado tiene su significado, ya no para enmarcar caminos de libertad, sino para manifestar emociones y sentimientos.

“Uno de los atractivos de Palenque es ver a las mujeres hacer los peinados. Esto hace parte del recorrido que hacemos con los turistas. Muchos vienen solo a eso y de esta forma se acercan más a nuestra cultura ancestral. Así sean blancos, salen de aquí vestidos como negros”, manifiesta con sonrisa amplia Alberto, uno de los jóvenes de San Basilio de Palenque dedicado a la guianza turística, que habla lengua palenquera y cuenta, con buen conocimiento, la historia de esta región.

Otra tradición en San Basilio de Palenque es la elaboración de los tradicionales dulces a base de coco, papaya, panela y otros ingredientes que conquistan el paladar de propios y extraños. Sor María, una mujer que recorre cada semana las calles de municipios vecinos, bajo el inclemente sol, sabe cómo se elaboran los dulces. Se trata de recetas que solo están en la mente de estas mujeres y que se trasmiten a otras generaciones en medio de la cotidianidad. “Son dulces elaborados con mucha dedicación y que hacen parte de nuestras tradiciones y como tal merecen ser valorados”, dice en una combinación de español y lengua palenquera.

La mazamorra también hace parte de la gastronomía tradicional. Es una colada a base de maíz ‘pilao’, elaborada con toda la mística palenquera, sin preservativos ni conservantes, bajo el ritual riguroso de las que conocen este alimento milenario.

Esta experiencia fue compartida por un grupo de mujeres que participaron en los Encuentros de Recuperación Emocional Grupal, liderados por la Unidad para las Víctimas. Muchas perdieron esposos o hijos en el conflicto, otras fueron víctimas de violencia sexual. “Fue duro retomar la vida familiar, todavía quedan malos recuerdos, pero gracias al apoyo de profesionales y el acompañamiento de nuestras familias hemos logrado salir de esto. Nos ayudamos entre nosotras, una manera es reunirnos en las casas a cocinar o compartir la comida con el vecino, es una buena excusa para estar unidos”, manifiesta una de ellas.

Son muchos los efectos causados a la población de Palenque por la violencia, pero son más las ganas de seguir adelante y recuperar el tiempo perdido en medio de una guerra que no era suya. Así lo manifiesta Keiner Simarra: “Sufrimos la discriminación a causa del conflicto y de una sociedad que no entendía nuestra ancestralidad, pero esa misma lucha nos ha dado la fuerza para seguir adelante y trabajar diversas formas de autoreconocimiento como palenqueros”.