Astrid

demo 

La Resiliencia de Astrid González

  • Embedded thumbnail for Astrid
  • Embedded thumbnail for Astrid
  • Embedded thumbnail for Astrid
  • Embedded thumbnail for Astrid

Fue reclutada por los grupos armados cuando apenas era una niña y casi que olvidó su lengua nativa. En su proceso de retorno a las raíces ha recuperado la mentalidad positiva.

Perfil de una indígena embera que ha salido adelante y hoy es funcionaria de la Unidad para las Víctimas, en donde da a conocer el proceso de asistencia, reparación y restitución de derechos a los pueblos de su etnia.

Su nombre, Astrid González, no delata propiamente su origen: es indígena embera chamí, del resguardo indígena de Zabaleta, del municipio de Carmen de Atrato; tampoco revela sus antepasados, cuyos orígenes trascienden los tiempos prehispánicos, y mucho menos que la historia de su etnia se relaciona con el jaibanismo, ese vínculo que la comunidad embera mantiene con los espíritus.

Su nombre sí refleja, como dirían en un western o película del Oeste americano, la influencia del “hombre blanco”, solo que para ella el terror que vivieron tribus norteamericanas como los apaches, sioux, comanches, cheyennes, entre otras, con la llegada de los “caras pálidas”, lo sufrió cuando agonizaba el siglo XX.

Su carta natal dice que nació el 10 de agosto de 1985. Su biografía, que creció en la comunidad, al lado de sus tíos y abuelos, solo con los sobresaltos propios de la curiosidad o desobediencia infantil. “Cuando tenía 11 años un día llegaron a la casa miembros de un grupo guerrillero a buscar a un supuesto miliciano, y comencé a sentir mucho temor porque me acordaba lo que me decía mi prima: que había adultos que mataban”.

Esas palabras que hasta ese momento eran una maqueta del terror, de ahí en adelante cobraron forma y sensaciones con la presencia constante de los guerrilleros, que en ocasiones dormían en la escuela, y las amenazas que inquietaban a la comunidad

En ocasiones hubo enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército, lo que dejó como saldo el primer desplazamiento masivo de la comunidad de Zabaleta hacia la cabecera municipal de Carmen de Atrato. Además, como si esas balaceras cruzadas no fueran suficientes, los paramilitares mataron dos jóvenes de la comunidad.

“Nosotros huimos hacia la montaña como por tres días y la alcaldía nos mandó recoger;  éramos cuatro familias y nos quedamos como seis meses desplazados en el Carmen de Atrato. Luego retornamos voluntariamente a la comunidad y nos encontramos con una comunidad muerta.

“Cuando regresamos encontramos nuestra casa quemada y todo lo nuestro estaba destruido. Como al año la guerrilla de nuevo volvió a la comunidad y comenzó a amenazar a los líderes, a otro se lo llevaron para matarlo, pero por presión de la comunidad no lo hicieron”, dijo Astrid.

De la destrucción pasaron al reclutamiento. Una vez enrolaron a todos los jóvenes que estaban entre los 13 y los 16 años, y ella formaba parte de ese grupo de 14 adolescentes reclutados.

“Yo tenía 13 años. Me decían que me habían reclutado en retaliación porque mi papá, aseguraban ellos, era un colaborador del Ejército y de los paramilitares, entonces que le daban donde más le doliera, o sea yo; pero yo era rebelde y siempre les respondía con ironía o con la voz alta”, recordó Astrid.

Los mantenían encerrados, y una noche una prima suya intentó volarse, por lo que al resto los torturaron. “Cuando la agarraron a ella la trajeron de nuevo. Esa noche un comandante abusó de mí y eso se volvió algo cotidiano. Con el tiempo me di cuenta que también abusaban sexualmente de las otras mujeres que habían reclutado, de las cuales varias de ellas quedaron en embarazo, y a esas las sacaban de ahí y las llevaban a la ciudad a abortar”.

Fue entonces que Astrid se inventó que estaba embarazada. “Tenía 14 años cuando le dije al comandante, que abusaba de mí, que estaba encinta. Para hacer mi mentira más valedera, cuando me dejaron ir a un corregimiento cercano, siempre vigilada, aproveché  para hablar con una mujer que estaba en proceso de gestación, quien me facilitó una prueba de embarazo casera, que llevé para ‘confirmar’ que sí estaba en embarazo”, aseguró Astrid.

Al llegar al campamento mostró la prueba del delito y con eso consiguió que la dejaran ir a Medellín, donde luego de ocho meses llegó a casa de una tía.

“Mis papás se enteraron dónde estaba yo y fueron a recogerme y me llevaron a Quibdó. Duré encerrada como un año, no salía, no hablaba con nadie distinto a mi núcleo familiar porque de pronto me encontraba allí con algún miliciano y las represalias contra mí o contra mi papá serían terribles”.

Luego de ese año de estar casi atrincherada por sus miedos, Astrid buscó una escuela y pudo hacer el quinto de primaria en la nocturna. Al año siguiente inició el bachillerato, de manera diurna.

“A los 16 años conocí a una persona que después se convertiría en el padre de mi hijo. Nos enamoramos, nos fuimos a vivir juntos y cuando tenía 19 años de edad nació mi hijo Daniel. Luego nos fuimos a vivir al Cauca y con el paso del tiempo la relación se empezó a deteriorar. Sin embargo, con su apoyo logré terminar el bachillerato en Popayán, un técnico en Contaduría y me consiguió trabajo en una empresa de chance”.

Para el 2010 ya estaba separada de él, pero se quedó hasta el 2012 en Popayán para estar cerca de su hijo.

En el 2013, de vuelta en Quibdó, comenzó a trabajar con la Pastoral Social Indígena, con la que visitaba resguardos indígenas. En ese año recibió la indemnización por parte de la Unidad para las Víctimas por ser sobreviviente del conflicto armado. Igual tenía pensado terminar los estudios profesionales de Contaduría. Al final desistió de continuar con la carrera y se matriculó en Quibdó para estudiar trabajo social, al tiempo que trabajaba como docente.

Se graduó en septiembre del 2017 como trabajadora social. “La carrera me sirvió mucho porque me volví aún más sensible y fui nombrada como gobernadora de mi resguardo indígena; es decir, regresé a mi comunidad exactamente 18 años después de haber salido de allí, pero ahora como gobernadora. También fui rectora del colegio de la comunidad, a la vez que apoyaba el proceso de reparación colectiva que adelanta el resguardo con la Unidad para las Víctimas”.

A principios de 2018 fue vinculada laboralmente a la Unidad. Uno de los objetos de su trabajo es traducir y socializar, entre sus hermanos, y en lengua embera, el decreto ley 4633 (por medio del cual se dictan medidas de asistencia, atención, reparación integral y de restitución de derechos territoriales a las víctimas pertenecientes a los pueblos y comunidades indígenas).

“En un principio me daba muy duro, porque de todos modos aún hay hechos violentos, y al hablar con ellos pues se me viene a la mente lo que a mí me pasó; entonces me duele lo que le pasa a mis hermanos indígenas, pero a la vez me alienta seguir adelante, porque sé que ellos son personas capaces de sobreponerse a las dificultades”.

Se siente orgullosa de su hijo Daniel Eduardo, con quien se habla todos los días y cursa noveno grado y quiere estudiar medicina.

Las cosas parecían mejorar; sin embargo, la violencia volvió hurgar en la tranquilidad de su familia. “El primero de enero de este año desaparecieron a mi hermano Diomedes, de 30 años”. El caso está en la Fiscalía y prefiere no hablar de eso, porque le causa desconsuelo.

“Quiero que aparezca mi hermano, él tiene cuatro hijos por los cuales yo veo. En Quibdó vivimos mis papás, mis cuatro sobrinos, mi cuñada  y yo. Yo, prácticamente, sostengo la casa, con el apoyo de mi cuñada que también trabaja. Mis sobrinos apenas están entre los 3 y los 10 años.

Astrid añora vivir de nuevo en el campo junto con su familia, pero no en su comunidad indígena. “Queremos vivir en el campo, un lugar donde podamos cultivar, donde podamos tener nuestro ganado, porque soy de las que pienso que todo lo que se siembra con amor es rentable”.

No obstante, los eclipses de tristeza que ha presenciado parte de su vida no han impedido que quiera perdonar a quienes tanto daño le hicieron a ella y a su familia, porque ese es su poder mágico espiritual, porque “para que vivir con odio, si eso lo único que hace es envenenar el alma”.