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Chamoncito cántese otra copla

Cuando llegaron los grupos armados a Guapi, en el Cauca, no solo sembraron temor, sino que acabaron con tradiciones culturales propias de las comunidades negras del Pacífico.

Marcelina Caicedo Sinisterra, una mujer de 70 años de edad nacida y criada en la vereda Chamoncito, recuerda, a orillas del río Guapi, cómo su madre y su abuela le enseñaban coplas cuando entraban al “monte” a cosechar productos de pancoger para el sustento diario de sus familias. La principal base de alimentación era el arroz que crecía en las tierras fértiles del Pacífico caucano.

Las coplas, una tradición de esta comunidad negra asentada en el Pacífico sur del país, se usaban como forma de hacer más ameno el trabajo diario en la agricultura y la pesca, y para celebrar distintas ocasiones, pero se fueron perdiendo poco a poco y borrando de las mentes de sus pobladores debido a la llegada del conflicto a la región, al miedo que infundieron los grupos armados y al desplazamiento forzado.

“En varios momentos uno se siente muy triste porque uno no puede andar en los montes agarrando arroz y recitando coplas como antes. Uno tiene todavía el temor de que pueda llegar algún grupo armado a su comunidad para hacer daño”, manifiesta Marcelina. El conflicto armado llegó al municipio poco después del inicio de la actividad minera para sacar el oro.

Ella, junto con sus comadres Emma y Dominga Solís, recuerda cada detalle de su historia, así como de las tradiciones y costumbres desaparecidas por la violencia y que están empezando a rescatar con apoyo de la Unidad para las Víctimas. Esta comunidad pertenece al Concejo Comunitario de Guapi Abajo, que es sujeto de reparación colectiva, incluido en el Registro Único de Víctimas.

Con su marcado acento del Pacífico, Marcelina o “doña Chela” –como la conocen en el caserio de la vereda Chamoncito–, recuerda con esfuerzo una de las coplas que le enseñaron sus ancestros mientras recogían arroz en las tierras, ocupadas después por actores armados que patrullaban los ríos y quebradas de la zona rural de Guapi.

La copla que recuerda, es una exaltación de este municipio costero: “En el rincón del Pacífico, hay un bello litoral, ese es mi Guapi querido, pueblito cerca del mar; eres mi Guapi querido, porque eres mi tierra natal, siempre he vivido en tu seno y no te quiero olvidar”.

La tía de doña Chela, quien siempre se presenta como Dominga Solís de Velásquez, es reconocida porque posee muchos conocimientos de medicina tradicional y es especialista en curar mordeduras de culebras; pero también, porque es una de las pocas que aún canta coplas de bienvenida a niños y niñas que nacen en este lejano territorio caucano. Guapi queda a una hora en avión de Popayán, la capital del departamento, o a 10 horas de viaje por tierra y mar, que incluyen 4 horas de recorrido en lancha.

Una de esas canciones, que le enseñaron sus abuelos para alegrar aún más el momento de un nacimiento, dice “a la una nací yo, a las dos me bautizaron, a las tres me pusieron novio y a las cuatro me casaron; porque el domingo fue el día en que mis padres me criaron…”.

Dominga es alegre pese a que es consciente de la pérdida de la tradición de las coplas por el conflicto. Muchas personas que vivían en la vereda se desplazaron a otras regiones debido al temor que les infundieron los guerrilleros o paramilitares, quienes custodiaban varias minas de oro.

Junto a su hermana Emma Solís y su sobrina, Marcelina recuerda otras tradiciones que se han perdido. Cuando una mujer salía del parto, la metían debajo de un toldillo durante15 días. Le ofrecían sopas de gallina criada en pamba y diferentes bebedizos calientes para curar heridas internas en el cuerpo -hechos con panela, aguardiente, anís, canela, clavos de olor y pimienta, entre otros ingredientes- y le hacían baños de hierbas como la nacedera, malva y guayabo.

Todo esto ha cambiado porque gran parte de las mujeres de la comunidad decidió irse, huyéndole al conflicto y buscando un mejor futuro, hacia ciudades como Buenaventura, Cali o Popayán, o a otros municipios. “En nuestra comunidad

teníamos varias parteras, pero ya muchos niños nacen en hospitales y no podemos realizar lo que antes hacíamos, esto debido al desplazamiento forzado”, explica doña Chela.

Adoración con cantos a San Antonio

En todas las poblaciones negras del Pacífico abundan las fiestas patronales en donde se les rinde tributo a las creencias religiosas. En Chamoncito celebran por lo alto las fiestas de la Virgen del Carmen, de San Antonio, la Semana Santa, el Sagrado Corazón de Jesús y la natividad de Jesús de Nazaret. Son festividades que el conflicto armado no se pudo llevar, pero hoy se celebran casi sin coplas.

En el corregimiento de El Chamón, especialmente en la vereda Chamoncito, también se la juegan para mantener viva la tradición oral de los milagros de San Antonio. Cada 13 de junio, se celebra el día de San Antonio de Padua, que es casi un dios para esta comunidad.

Dominga recuerda una anécdota de su ya fallecido padre, Fermín Solís, un hombre que fue devoto y fiestero de San Antonio. “Mi papá se subió a un árbol, era muy alto y en un momento se resbaló, pero cuando ya iba a tocar suelo, mi papá exclamó: ¡San Antonio bendito, no me dejes caer! Y apenas dijo eso, una rama delgada se le apareció y se aferró a ella, y no lo dejó caer”.

Cuando las cantadoras del Pacífico se juntan para cantar a San Antonio, se produce un sonido extraordinario. Emma, Dominga y Marcelina, fusionan sus voces y parte de lo que cantan es “San Antonito bendito, dame tu sombrero, como te lo doy, siendo marinero”. También cantan, a todo pulmón, gozos a San Antonio: “Humilde glorioso Antonio, humilde glorioso Antonio, rogad por los pecadores”.

Según cuenta Marcelina, San Antonio ayuda hasta encontrar lo perdido: “Se me han perdido los machetes y yo con fe digo ¡todo lo perdido es hallado y lo ausente sea presente! Meto mi mano al río y lo saco; así es San Antonio, él es un santo muy milagroso”.

Gracias a la tradición oral, esta comunidad ha logrado transformar rezos, enseñados por religiosos que hacen presencia en Guapi, en cantos o coplas, con el fin de hacerlos propios y darles el toque africano.

La natividad del niño Jesús, la reciben con arrullos y bailes. Según cuenta Marcelina, cada 25 de diciembre los pobladores de Guapi se reúnen en torno a esta fiesta, pero pocas coplas se escuchan ahora porque solo las dice una que otra persona.

Con esfuerzo, doña Chela recita la siguiente copla que recuerda de su infancia: “Por un rayito de luna, que de blanco está pintado, despacito hasta la cuna, los tres reyes han bajado; entre Melchor y Gaspar, que son los reyes jinetes, está el negrito Baltazar, cargado de juguetes”.

La paz llegó pero aún hay miedo

El Alcalde de Guapi, Danny Eudoxio Prada Granja, dice que después de la firma del Acuerdo de Paz con las Farc el municipio ha venido gozando de tranquilidad, aunque añade que aún hay miedo en las veredas y corregimientos más apartados del casco urbano. “Muchos grupos armados tenían incidencia en el municipio, aunque ya no tenemos enfrentamientos entre la fuerza pública, las guerrillas y los paramilitares, pero existe todavía miedo", expresa el Alcalde.

Desde el año 2013, la Unidad para las Víctimas está desarrollando diferentes actividades en el Concejo Comunitario de Guapi Abajo (el cual abarca 16 comunidades), como parte del proyecto de reparación colectiva, que beneficiará a más de 750 familias.

Una de las acciones que hará parte del Plan Integral de Reparación Colectiva del Concejo Comunitario de Guapi Abajo es el fortalecimiento de la identidad cultural, como una forma de reconstruir el tejido social de esta comunidad, afectada principalmente por los homicidios y el desplazamiento.

Así es como se contribuirá a rescatar la tradición perdida de las coplas. Hoy, a pocos niños les gusta este arte. Jhon Janer Playonero Velasco, de 10 años de edad, es uno de ellos. Gracias a su tía, sabe muy bien recitar las coplas; es una semilla para mantener viva esta tradición. Algunas de las coplas que ha memorizado son las siguientes:

“Quisiera tirar un brinco para atravesar esta loma, quisiera caer en tus brazos como una mansa paloma”.

“Matica de albaquita, matizada con hinojo, adiós jardín de mi vida, cuando te verán mis ojos”.

Las mujeres de esta comunidad no solo saben coplas amorosas, también otras jocosas, enseñadas por sus abuelos, según cuentan, cuando madrugaban a coger arroz al campo y las recitaban para disfrutas más las jornadas. Las siguientes coplas están entre las que pocas mujeres cantan hoy enChamoncito:

“Todo aquel que tenga plata, tenga sus zancas cruzadas, yo también cruzo la mía, tenga plata o tenga nada, contésteme buen amigo, no se crea prevenido, que mi Dios le ha dado lengua para competir conmigo”: Emma Solís.

“La noche que me casé, no pude dormir un rato, yo toda la noche la pasé manejando mi aparato”: Marcelina Caicedo.

“La piangua es una comida, sabiéndola preparar, en la casa de mi vecina me la dieron a probar, me la dieron a probar como comida infinita y cuando la metí a la boca, era la comida favorita”: Luz Mery Carabalí Arboleda.

Dominga manifiesta que las coplas olvidadas a raíz del conflicto armado –que fueron aprendidas de su abuela Clementina Velásquez– las recitan también mientras lavan o se encuentran con algún familiar o cuando llega una visita a sus casas: “Las decimos con alegría, pues siempre nos topamos con las comadres y con mis compañeras, entonces lo hacemos siempre, lo hacemos con afecto, pero ahora la guerra nos ha quitado esa felicidad, no somos los mismos de antes”, dice. Pocas mujeres como ella aún mantienen esta costumbre.

Trabajan para organizar el territorio

Ricardo Banguera, representante del Concejo Comunitario de Guapi Abajo, insiste en que se requiere trabajo arduo para volver a dar organización a las comunidades. “El trabajo que está haciendo el Estado nos llena de esperanza, confiamos en Dios que podamos ver las ayudas. Esperamos volver a nuestro territorio”, manifiesta. De ese trabajo arduo hace parte la Unidad para las Víctimas que está empezando a concertar medidas con esta comunidad para recuperar la identidad cultural.

La esperanza de Dominga Solís es que puedan reconstruir “lo que son” y sueña con que su comunidad vuelva hacer la misma de antes, la de coplas, la alegre y fiestera porque, según dice, “la tradición del mundo no se puede acabar, porque si se acaba la tradición, nos acabamos nosotros también”.