Geremías

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Geremías amasa una vida exitosa

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“Al despertar me siento feliz. Hay que luchar y no volver atrás: nos espera el futuro”

Víctima de desplazamiento forzado, este hombre dejó su finca en Quinchía, Risaralda, y tuvo que recorrer el centro de Cali recolectando cartón. Hoy es ejemplo de valor con su microempresa de arepas. 

Amasar, dice el diccionario, es “formar o hacer masa” con una mezcla de ingredientes. Otra acepción indica que también es “disponer bien las cosas para el logro de lo que se intenta”. Geremías Manso Mora, risaraldense de 50 años y optimista sin remedio, sabe bien de ambas cosas.

Es el hombre de las arepas, las sencillas y las con queso, las que lleva todas las semanas a decenas de oficinas en Cali, a donde llega con una sonrisa silenciosa y tímida, pero infalible.

Es un hombre al que le ha tocado amasar varias veces su vida para volver a darle forma, para disponer bien las cosas y lograr lo que intenta: sacar adelante a su familia.

El Geremías que vemos hoy, montado en su moto distribuyendo arepas, así como empanadas y yogures, llegó a la capital del Valle en el 2004, como uno de los tantos colombianos que se vieron obligados a huir de su tierra para escapar del conflicto armado.

Él, su esposa y en ese entonces sus dos pequeños hijos, Jhon Edwin y Alejandra, arribaron al barrio Alirio Mora Beltrán, en el oriente de Cali, acompañados solo de su historia, sin más pertenencias que lo que llevaban puesto. Allí vivían sus hermanas, que les tendieron una mano para que pudieran escapar del miedo a un reclutamiento forzado, a las amenazas y al temor a caer en uno de los “falsos positivos” que estaban tan “de moda” en Quinchía, su pueblo.

Qué fue lo que pasó

“Quinchía es muy bello. Allí crecimos mi señora, Liliana, y yo. Teníamos una finca sencilla, que nos daba todo para vivir, con cerdos, gallinas, café, fríjol y hasta un caballo. También teníamos una tiendita con una mesita de billar, un sitio al que la gente del pueblo le gustaba ir a entretenerse”, cuenta.

‘Gere’, como le dicen sus clientes, afirma que fueron muy vulnerables en medio del conflicto, pues actores armados de uno y otro lado presionaban para que les vendieran (o simplemente les dieran) cosas y se molestaban si sabían de la presencia del contrario en el mismo lugar.

“Dígame usted cómo hacía uno para manejar esa situación, con el miedo de que cogieran represalias en contra de nosotros, se volvió que no nos dejaban trabajar, que creíamos que en cualquier momento nos reclutaban a los niños. La cosa se agravó cuando apresaron a mi papá acusándolo de ser colaborador de uno de esos grupos, cuando en realidad lo que estábamos era en medio de la guerra. Me dijeron: usted es el que sigue, mejor váyase y no vuelva. Así fue, nos tocó abandonarlo todo”, relata.

Primero cogieron para Pereira, donde estuvieron solo un par de meses, pues no encontraron oportunidades de trabajo. Luego llegaron a Cali, en donde vivieron una de las etapas más críticas de su historia, pero también donde hoy edifican llenos de esperanza su presente y futuro.

Doña Liliana no le puede huir al llanto cuando hace memoria. “¿Sabe qué le tocó hacer a Geremías para que pudiéramos comer? Recogió cartón, reciclaba en el centro…(silencio). Era muy duro imaginarlo nada más. Pero fue digno y jamás desfalleció”. Ella, aunque acosada por quebrantos de salud, trabajó haciendo aseo y con el corazón arrugado dejaba sola en casa a su niña adolescente para poder laborar. Jhon Edwin pudo entrar más rápido a estudiar que su hermana.

Su hermana Lisbeth también evoca aquellos tiempos, dice categórica que Geremías es un “verraco” y cuenta que una vez lo escuchó hablando con su hijo, cuando comían “en una escalerita donde vivíamos”: “Le dijo: ‘hijo, demos gracias a Dios por lo que estamos viviendo’. Para mí esa fue una lección de humildad tremenda”.

Moverse, siempre moverse

Vendió helados en la calle, pintó puertas de madera, trabajó en construcción, fue vigilante. Aprendió a conocer las calles y a no perderse. “Es que uno no se debe quedar quieto, no puede uno sentarse a esperar que alguien de dé algo”, dice.

Cuando su hijo iba a salir de bachillerato, Geremías se preocupó por lo que iba a hacer ahora el muchacho, así que le propuso que pusiera con sus amigos una pequeña fábrica de arepas. Con los chicos la iniciativa no funcionó muy bien, así que decidió adoptar ese plan como su proyecto familiar y arrancó a amasar sin cansancio. Separó un espacio en su casa para mezclar, armar, asar y empacar. Logró un préstamo con una hermana para poder impulsar su idea y se metió de cabeza en su emprendimiento.

Hoy el negocio es modesto pero firme y le ha permitido ayudar a pagar su propia vivienda en el mismo barrio que lo recibió en Cali. Produce dos mil arepas semanales y al menos mil empanadas, a lo que suma la comercialización de lácteos y deditos de queso. En esta misión trabaja con su esposa y un par de muchachos a los que les da empleo.

Y como la filosofía de este risaraldense es no detenerse, ahora le da forma en su cabeza a un nuevo sueño. Este año recibió la indemnización que hace parte de su proceso de reparación, entregada por el Gobierno colombiano a las víctimas del conflicto armado y ella significa para él “el impulso que estaba esperando para crecer”. Lo primero que se le ocurrió fue comprar un carro para mejorar la distribución de sus productos y así lo hizo.

“Pero los trancones y las dificultades para parquear en una ciudad como Cali me demostraron que me iba mejor con la moto, así que vendí el carrito y hoy tengo una idea mejor, que me llena el corazón de ilusión: con ese dinero queremos echar el segundo piso a la casa para poder tener en un nivel la vivienda y en el otro, el espacio para la micro empresa”.

Geremías se para en la entrada de su casa y mira para arriba; con la mano apuntando al cielo dibuja lo que se imagina, lo que sueña y, como siempre, sonríe. Ese motivo de alegría se suma al nuevo motor de su vida, que se llama Miguel Ángel, que tiene diez meses y que cuando lo ve le estira los brazos, desesperado, desde su coche. “Él representa lo que somos hoy: esperanza”, concluye el orgulloso abuelo.