Aristóbulo

franja derecha

franja izquierda

demo 

“Vivo de milagro”. Aristóbulo

Aristóbulo Laguna sobrevivió al ataque de un grupo armado en La Macarena. En su proceso de recuperación y perdón, encontró en el cultivo de la nuez de cacay un nuevo motivo para vivir.

Aristóbulo conoció el rostro de la guerra en Puerto Rico (Caquetá), donde nació. “Nos desplazaron y sin más oportunidades mi familia se embarcó con destino a La Macarena” afirma.

Ya había echado raíces en ese municipio del Meta donde creció y conformó su propia familia, cuando tuvo que salir de nuevo en 2007, después de que miembros de un grupo armado lo sorprendieron a él y a su compañero Erney Vargas en una jornada de trabajo. “Estábamos moviendo ganado cuando nos abordaron”. Los tiraron al piso, acusados de colaborar con otros actores del conflicto. “Nos van a matar”, dijo Erney. Y empezaron los disparos.

El recuerdo de lo que sigue es cinematográfico. Aristóbulo se levantó y corrió entre las balas hasta un caño rodeado de arbustos donde logró camuflarse. Intacto, permaneció allí hasta que el sol bajó y estuvo seguro de que ninguno de esos hombres lo aguardaba y pudo emprender camino.

Durante siete horas anduvo por el monte de La Macarena, un territorio equivalente a seis veces el tamaño de Bogotá. Al fin, ya con los zapatos rotos y “los pies hechos sangre” llegó a la zona urbana. Ahora que recuerda el episodio siente que está vivo de milagro y se pregunta cómo fue posible que ninguna bala lo alcanzara y cómo fue que sin saber hacia dónde iba, llegó justo a la zona urbana.

Por su situación, el Estado le brindó protección en Bogotá. “Contar esta historia no es fácil. Erney no sobrevivió. Aún recuerdo su mirada, allí, en el suelo. Era muy joven cuando nos lo arrebató la guerra”, dice Aristóbulo a quien las heridas que no le tocaron en el cuerpo, se le abrieron en el alma.

Al cabo de un tiempo pudo reunirse con su esposa y sus dos hijos en la capital, donde enfrentaron no solo el rebusque para no pasar hambre, sino la batalla interna que se desataba por el recuerdo de lo vivido. “Tenía mucho rencor, me lo habían arrebatado todo, incluida mi paz y la de mi familia”, recuerda.

Se había convertido en “un amargado”, señala este hombre de 36 años a quien el Estado le abrió una puerta que le cambió la vida. “Empecé a asistir a un grupo de atención psicosocial con otras personas que habían pasado por cosas iguales e incluso perores que yo. Fue allí en donde descubrí que debía sanar y perdonar para poder avanzar”.

La atención psicosocial es una de las líneas de reparación integral que ofrece la Unidad para las Víctimas y que desde 2012 ha beneficiado a 174 mil sobrevivientes de la violencia, a través de procesos orientados a la mitigación, superación y prevención de los daños e impactos a la integridad psicológica y moral.

Con el tiempo ese proceso hizo efecto y Aristóbulo emprendió la construcción de nuevos proyectos de vida. Empoderado por la formación, decidió regresar a La Macarena abanderando la inversión en

el cultivo del cacay, una nuez que crece en los llanos orientales y la amazonia colombiana, y que empieza a ser apetecida en mercados internacionales por sus propiedades nutricionales y antienvejecimiento.

Justamente esas características han capturado el interés de Aristóbulo: “Mi nuevo amor es ese árbol frondoso del que se producen nueces, aceite y harina”. Él le apunta a la producción del aceite por su versatilidad para el uso en productos estéticos y saludables.

La intensidad con el que ha manejado su proyecto le ha permitido agrupar a un grupo significativo de campesinos que al igual que él, se reponen de la guerra. En Asocacay Amigos de la Selva y la Macarena reúnen ya 18 hectáreas dedicadas a ese cultivo, que además tiene bondades medioambientales, pues no afecta la composición natural de la tierra y convive con otros productos.

Esos beneficios ya los ha mostrado él en ferias nacionales, e inclusive ha capacitado a excombatientes de las Farc en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Playa Rica La Y, en zona rural de La Macarena.

Aunque ellos hicieron parte del conflicto armado que trastocó su vida, Aristóbulo entiende que “parte del proceso de perdonar es poder ver a la cara a quienes hicieron daño y sentir desde el corazón que has sanado”.

En la finca en la que vive con su familia, rodeado de huertas y viveros, le sonríe a esa nueva oportunidad y trabaja por la paz y el desarrollo sostenible de su región, porque asume que esos milagros que lo hicieron estar vivo sucedieron para que él comparta esperanza y ayude a los demás.