Sulma Pulgarín
Pereira, Risaralda

Esta mujer pereirana de pura cepa, nacida en un año que por vanidad no quiere recordar, podría escribir una novela con todo lo que le ha sucedido. Hace más de 20 años regresó a su ciudad natal en Risaralda, tras tener que desplazarse desde el municipio de Puerto Asís, en Putumayo, a donde la había llevado el trabajo de su esposo. Fue en esas tierras del sur del país que su historia de vida cambió para siempre.

“En ese tiempo le pintaban a uno pajaritos en el aire y le manifestaban que el trabajo era muy bueno y de verdad nos fue excelente los primeros años, pero luego el tema del orden público cambió mucho. Estuvimos allí alrededor de 8 años y cada vez las cosas empeoraban más, hasta que un día cualquiera llegaron a la casa por mi esposo, se lo llevaron y no volví a saber nada de él”, expresa Sulma, dibujando en su rostro una profunda tristeza.

Una semana después de su desaparición, unos hombres, cuyos rostros comenzaban a hacerse mucho más familiares en la zona, fueron a darle un mensaje directo: “a su esposo no lo busque más porque ya está muerto, además si sigue averiguando pendejadas le vamos es a matar a su hijo mayor”. Esta advertencia la hizo regresar desesperadamente a Pereira, con otra vida en su vientre -el último regalo que le quedó de su compañero de vida.

Antes de regresar, sólo le entregaron los documentos de su esposo y el dinero que él llevaba. Sulma denunció la situación ante las autoridades pero la respuesta fue nula, la población vivía bajo el miedo y la zozobra era constante. Había muertos casi a diario.

“Éramos testigos de enfrentamientos constantes: una vez iba a hacer una llamada a un teléfono público con mi hijo y se formó una balacera de Padre y Señor mío, no sabía si las ráfagas venían del Ejército, los paramilitares o la guerrilla, porque todos estaban vestidos de lo mismo; nos tocó tirarnos al suelo y arrastrarnos para evitar un balazo”.

A su llegada a Pereira, como se dice popularmente ´con una mano atrás y la otra adelante´, la primera opción fue el hogar de mamá, quien la ayudó mientras terminaba su embarazo; luego comenzó a trabajar en casas de familia para poder dar estudio a sus cuatro hijos. En este proceso conoció la Asociación de Mujeres Cabeza de Hogar de la Victoria (ASOMAVIC), que la asesoró para declarar su condición de víctima ante el Ministerio Público.

“Cuando me pasó esa tragedia me creí morir pero una vez en Pereira comencé a trabajar en casas de familia medio tiempo y las patronas me ayudaban para hacer cursos por la tarde; ahí aprendí a manejar máquina de coser, plana y fileteadora. En un mes ya estaba volando”.

Gracias al empeño en sus capacitaciones y a la decisión con la que siempre afrontó las cosas, Sulma inició un trabajo formal de manera rápida en Comba, una fábrica de confecciones de ropa deportiva, en la cual permaneció durante 8 años.

Todavía el dinero apenas alcanzaba para la manutención de sus seis hijos -dos más de una nueva pareja- cuando la mano de la madre apareció una vez más: le regaló una máquina de coser familiar. Comenzó entonces un curso de modistería de 7:00 a 11:00 de la noche y aprendió a multiplicar el tiempo, cuidando de 6 niños, trabajando todo el día y estudiando en las noches.

Ya en la ruta de la reparación, tras ser reconocida como víctima, Sulma aprovechó cada apoyo al máximo. “Con la primera ayuda humanitaria que recibí por parte del Gobierno me surtí de hilos, agujas y algunas telas; con eso arranqué mi propio negocio, alcancé a confeccionar tres juegos de sábanas que vendí a crédito, pero igual comencé a hacer mi capital”.

Es una mujer emprendedora que, además, ayuda a otras personas. Ya ha dado trabajo a dos mujeres cabeza de familia que, como ella, padecieron los vejámenes de la guerra y sueña con tener una sede para capacitar a más mujeres para que puedan montar su propia forma de autosostenerse.

“Me he dado cuenta que el tema de la indemnización es algo demorado, pero de verdad que yo no pienso gastármelo en cosas inoficiosas; quiero comprar dos máquinas más y continuar dándole a la gente oportunidades de trabajo. Quiero que a las víctimas no nos vean como una carga, sino como una oportunidad para generar empleo”, dice Sulma.

En su sencilla casa, ubicada a orillas de una quebrada en Pereira, tiene amplio surtido en juegos de sábana, pantalones, sudaderas y camisetas; también realiza trabajos de costura como ruedos y arreglo de cremalleras, e incluso en ocasiones cose por encargo de terceros. Hoy tiene cuatro máquinas en inventario, gracias a ASOMAVIC que se las ayudó a comprar a través de un crédito.

Le sobran razones para decir con énfasis: “Me siento muy orgullosa de lo que hago y como sé que ´el palo no está para cucharas´ mis productos los vendo a cuotas; soy de las personas que todavía confía en la palabra de la gente, quiero que todos salgan adelante. Somos capaces de demostrar que podemos trabajar, pagar la comida y los servicios, nuestra condición de víctimas no nos impide crecer, en ocasiones nos toca duro, pero debemos seguir adelante”.

Hace tan solo tres años Sulma se graduó de noveno grado y ahora aspira ingresar al SENA para capacitarse en diseño y mantenimiento de máquinas industriales. “A la gente le digo que sí se puede salir adelante, es mejor decir me superé, me capacité, hice un préstamo para mi proyecto de vida y aquí vamos gateando, por los menos sin ser una carga para el Estado, queremos surgir con nuestro propio sudor, no queremos pedir limosna, ni mucho menos mostrar hambre o generar lástima”, insiste.

El conflicto armado le dejó cicatrices, dice que jamás olvidará pero asegura que ya perdonó: “A veces las crisis son tremendas, cada 3 de noviembre es nostálgico para mí, es su fecha cumpleaños (del esposo); uno recuerda aunque ya no con el mismo dolor de antes, el tiempo y Dios ayudan a sanar las heridas”.

Los retos de la protagonista de esta historia no cesan. Aún paga el estudio a su hija menor, de 15 años, que finaliza la secundaria –los otros hijos ya tienen sus propios hogares- y su principal objetivo es adquirir más máquinas para poder generar nuevas opciones de empleo. Desde luego, a la vez quiere desvarar el Renault 9 de su propiedad, parqueado al frente de la casa hace más de cuatro meses por falta de un repuesto que no ha podido comprar.