Jun
18
2017

“La guerra no se puede repetir, eso es infame”: testimonio de Laura Charry

Laura tenía doce años cuando las Farc se llevaron a su padre, el diputado Carlos Charry, del edificio de la Asamblea del Valle. Asegura que no ha perdonado a la guerrilla pero dice que el único camino que quiere para el país es el de la paz.

CALI

El 18 de junio del 2007 era el grado de colegio de Laura Ximena Charry y un día antes ella aún no perdía la esperanza del remoto cumplimiento, en esa fecha, de un deseo del corazón: estar con su padre.

“Mi morochita, espero estar el día de tu graduación acompañándote, si no es así, al menos lo estaré haciendo espiritualmente”, le había dicho él meses antes a través de un video.

Para ese entonces, su padre, Carlos Alberto Charry, ex diputado del Valle del Cauca, llevaba cinco años secuestrado por guerrilleros de las Farc, quienes fingiendo ser miembros del Ejército Nacional evacuaron el edificio de la Asamblea del Valle por una supuesta bomba y se llevaron a doce políticos integrantes de esa corporación.

El video, habría de ser el último de los siete que las familias obtuvieron como pruebas de supervivencia en el lustro de cautiverio. Carlos se vía delgado, con una camándula de madera al cuello y, como siempre, tenía voz firme.

Laura, su hermana Carolina y su madre, Gaby, habían repasado letra a letra -lo hacían todas las veces- cada palabra que Carlos les enviaba desde la obligada prisión en las montañas.

Él sabía de los acontecimientos de la familia, como el grado, y del dolor y del amor que no morían, porque algunas noches y madrugadas los secuestrados podían escuchar en la lejanía a sus seres queridos, a través del programa Voces del Secuestro de Caracol Radio, según se había conocido.

Ese día 18, a las dos de la madrugada, sonó el teléfono en la casa de las Charry. “Era otra de las esposas de los diputados: los mataron, le dijo a mi mamá”.

La versión, dice Laura, circuló primero por Anncol, la agencia de noticias que divulga la información de las Farc. En medio del desconcierto, el inmensísimo dolor, el desasosiego y la rabia, las familias se reunieron de inmediato en el lugar de siempre, en la casa de Fabiola Perdomo, esposa de Juan Carlos Narváez, otro de los secuestrados. Tendrían que seguir sacando, quién sabe de dónde, aún más capacidad de espera, ahora para recibir alguna explicación sobre qué fue lo que pasó.

Dos meses tardaría esta noticia en decantar: pasaron semanas hasta que la guerrilla dijo que once de los doce asambleístas había muerto en fuego cruzado con un grupo armado “no identificado” y otras semanas más hasta que el Gobierno confirmó que se había tratado del enfrentamiento de dos grupos de los mismos insurgentes en el municipio San José de Tapaje, en Nariño.

“Nos entregaron los cuerpos como a los dos meses. Recuerdo la espera en la morgue de Cali, cuando llegó Álvaro Leyva, que había hecho la gestión para recuperarlos, estaba todo empantanado y con ese olor horrible, los traía en bolsas negras”.

Carlos Alberto Charry hoy tiene una nieta de dos años y medio que se llama Gabriela y un yerno, Jaime Andrés. La pequeña lo reconoce en una foto grande que permanece colgada en el estudio de la casa: es el abuelito, dice cada tanto.

“Cuando ella sea grande le contaré también que ese hombre aportó a la historia de Colombia dando su vida para que estuviera presentándose este escenario en el que el país está por fin hablado de paz”.

Esas palabras que oirá Gabriela, también se escucharon en octubre pasado en La Habana (Cuba), pero revueltas con llanto rabioso. A pesar de los miedos y de la desconfianza en la guerrilla, Laura hizo parte del segundo grupo de víctimas que viajó a encontrarse cara a cara con los responsables de su tragedia.

“Mi hermana había ido un par de semanas antes y yo solo les había mandado un mensaje: dígales que son unos hijueputas”. Cuando fue su turno, los sentimientos se atropellaban con las frases y se hizo presente en ella la niña de 12 años a la que su madre recogió de emergencia en el colegio para contarle que las Farc se habían llevado a su papá.

“Llorando les dije que yo no había ido hasta allá para perdonarlos, pero sí para decirles todo el dolor que me habían causado, que me arrebataron a alguien muy especial, a alguien fundamental, que con eso acabaron con los sueños de una familia”.

El perdón, recalca, no está por ahora en sus planes, “sé que algún día tendré que trabajar en eso, pero por ahora no”. Aclara que eso tiene que ver directamente con su corazón, que poco a poco se ha ido descargando de la amargura y hoy siente un dolor más llevadero, aunque inagotable. Y que otra cosa es lo que ella desea para su país.

“¿Usted cree que uno quiere que esto que nos pasó a nosotras se repita en alguien más: nunca. Mi esposo trabaja en lo político y deseo que pueda hacerlo en paz, no me veo como la valiente de mi madre, no me veo criando sola a Gabriela y viéndola llevar la tristeza que yo llevo de perder al papá, porque ese es un amor que no tiene reemplazo”.

“Dios, era tan duro ver a las otras niñas bailar el vals de los 15 años con su papá, pasar la adolescencia sin él, sin su complicidad y alcahuetería, porque el mío era de los papás que a escondidas de la mamá firmaba el examen que habíamos perdido y luego decía: mamita, mejor estudie un poquito más…”.

Si Carlos Alberto viera hoy a su hija se encontraría de frente con una mujer de 29 años de sonrisa amplia que gracias a la tenacidad de su madre estudió Ciencias Políticas y que hoy presta sus servicios en la Unidad para las Víctimas en el Valle del Cauca, donde escucha casos como el suyo “y hasta peores”.

“Cuando veo que el Gobierno se sienta a hablar con la guerrilla digo: qué maravilla que esto hubiera pasado cuando ellos estaban secuestrados (suspira), pero bueno, estamos vivos y vienen nuevas generaciones. La guerra no se puede repetir, eso es infame”.

Si Carlos Alberto escuchara hoy a su hija hablando de derechos, de oportunidades, de nuevos comienzos, seguro estaría orgulloso de su “morochita”, que se le parece en el temperamento enérgico y en las inconfundibles facciones. Al parecer, pese a lo implacable de la guerra, él no se ha ido del todo.